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DERROTA MUNDIAL
madre alemana que es "un firme pilar de honor sobre el cual se ha creado el
nacionalsocialismo y fundado la Patria alemana".
Los seis hijos de Goebbels eran el único toque de auténtica alegría, sólo posible por la
inocencia. Sonreían al Führer siempre que éste pasaba delante de ellos. Sus padres habían
resuelto que murieran junto con todos para ahorrarles los tormentos y las ignominias a que
hubieran sido sujetos en caso de ser capturados por los soviéticos, quienes en la parte
Oriental de Alemania cometían ya los más brutales excesos y hasta inculcaban odio de los
pequeños contra sus padres. "Mis hijos —escribió la señora Goebbels a su hijo mayor que
se hallaba prisionero en Occidente— son demasiado preciosos para la vida que vendrá
después. Un Dios lleno de piedad me comprenderá cuando yo misma ayude a darles
muerte misericordiosa".
El día 27 la aviadora Hanna procuraba hacer felices los últimos días de los niños
contándoles cuentos y relatándoles los lugares en que había estado y los países que había
visto. La señora Goebbels le dába las gracias por estas atenciones.
Entretanto, Eva procuraba mantener todo limpio, cuidaba de su arreglo personal y
trataba de brindarle ciertas comodidades a Hitler. En su presencia era amable y optimista,
pero en compañía de otras personas mostraba su tristeza o su indignación contra los que
traicionaban al Führer. El general Fegelein, de las tropas selectas, casado con una hermana
de Eva, había desertado el día 25 vestido de civil. El día 27 fue capturado y llevado a la
presencia de Hitler, quien personalmente le arrancó sus condecoraciones y distintivos, en
tanto que Fegelein, pálido, permanecía firme. En la hebilla de su cinturón la divisa de las
tropas SS decía: "Mi honor quiere decir fidelidad". Al día siguiente, ya ante el pelotón de
ejecución, Fegelein pidió al oficial de la escolta que le permitiera enviarle un recado a Eva,
suplicándole que intercediera por él. Mientras regresaba la respuesta, fumaba
nerviosamente. Eva mandó decirle: "No puedo hacer nada por usted". Una descarga sonaba
segundos después.
Martín Bormann, secretario de Hitler y del Partido Nacionalsocialista, cuidaba de los
archivos y hacía anotaciones sobre todo lo ocurrido en la Cancillería. En momentos
todavía tenía esperanzas. En una carta dirigida a su esposa, el 2 de abril, le había dicho:
"Confío en que la producción de cazas planeada por el Dr. Kammler lo será en escala
suficiente y que los resultados... Si es que no llegan demasiado tarde... serán decisivos".
Pero también veía aproximarse el fin y agregaba: "Si estamos destinados, al igual que los
viejos Nibelungos, a morir en la antesala del rey Atila, iremos orgullosos a la muerte y con
la cabeza bien alta".
Los días 25, 26, 27 y 28 los regimientos de las juventudes hitleristas combatieron
encarnizadamente en los suburbios de Berlín rechazando una y otra vez las embestidas
bolcheviques. Principalmente sostuvieron los puentes del Wannsee y del Havel, con la
esperanza de que llegara el 12º ejército del general Wenck. En el puente del Havel se
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