DERROTA MUNDIAL - EDICIÓN HOMENAJE AL AUTOR DERROTA MUNDIAL (Edición Homenaje) | Page 503
DERROTA MUNDIAL
de los cuales Goering y el propio Hitler llegaron a pensar que eran el último reducto de la
masonería de Alemania.
HASTA LA ÚLTIMA GOTA DE SANGRE
Sin duda alguna lo más extraordinario de la personalidad de Hitler fue su fuerza de
voluntad. En esto era un admirador y un discípulo de Federico el Grande, que a la cabeza
de un minúsculo país hizo frente a las fuerzas enemigas gigantescas (Austria, Francia y
Rusia) y que pese a los más grandes descalabros y a la pérdida de Berlín siguió confiando
férreamente en el milagro de la victoria, hasta que el milagro se realizó.
La historia de Federico el Grande se repitió en Hitler aunque sin el final de victoria,
mas el esfuerzo realizado para obtenerla, no fue menor. "Cuanto más se envejece —decía
el rey prusiano a Voltaire— más se convence uno de que la sagrada majestad del azar hace
las tres cuartas partes de la tarea en este miserable universo". Y el azar, ciertamente,
favoreció a Hitler en los primeros años de su carrera, pero no en los últimos y más
decisivos de su lucha.
Tan notable fue la dureza de su Destino como la dureza de su voluntad para
afrontarlo. Las rutilantes trayectorias de César y Alejandro Magno no tuvieron jamás la
prueba de una derrota seria; su prematura muerte dejó en el misterio una parte de su
personalidad porque ambos vivieron sólo en la fase luminosa de la victoria y nadie sabe
cuál hubiera sido su reciedumbre ante el infortunio. Un destino quizá misericordioso los
hizo pasar bruscamente de la cima del triunfo a la inmortalidad.
Otros grandes conductores de pueblos sí vivieron horas negras de prueba, pero la
grandeza que había brillado en sus victorias se doblegó al golpe de la desventura. La
Historia enseña que es menos difícil forjar triunfos que saber soportar derrotas. Gengis
Khan nunca vio vencidas sus armas, mas cuando sintió los pasos de la muerte escudriñó
todos los ámbitos de su imperio en busca de fórmulas ocultas que le prolongaran la vida.
Muhammed brilló como Sha de Koresma en los días de esplendor y de gloria, mas en
el momento de la prueba suprema entregó el mando a su hijo y buscó refugio en una isla
pacífica. Napoleón se sobrepuso a los cataclismos de Abukir, de Moscú y del Beresina,
mas no pudo soportar el golpe de Waterloo. Su crepúsculo en la trampa de Santa Elena
fue un final discordante en la majestuosidad de su carrera.
Hitler supo de las primicias del triunfo y resistió a las más negras pruebas de la derrota.
Hitler triunfó en Waterloo, donde Napoleón había caído, y no arrió jamás su bandera.
Cuando al principiar la guerra dijo que no conocía la palabra "capitulación", nadie sospechó
que esa actitud iba a perdurar hasta en las más desesperadas de sus batallas. Por eso le
indignaba tanto que a los primeros tropiezos su Estado Mayor General perdiera la fe.
Speer, Ministro de Armamentos, refirió en Nuremberg que un día él y Guderian dijeron
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