DERROTA MUNDIAL - EDICIÓN HOMENAJE AL AUTOR DERROTA MUNDIAL (Edición Homenaje) | Page 502
Salvador Borrego
"¿Y si Churchill desapareciera de repente? No, nunca existen situaciones
desesperadas... Que un Churchill desaparezca repentinamente y todo puede cambiar. La
crema y nata inglesa se daría tal vez cuenta del abismo que se abre delante de ella, lo cual
podría preocuparle. Esos ingleses, por los que hemos luchado indirectamente, serían los
beneficiados de nuestra victoria".
Un tercer error grave de Hitler consistió en considerar que el pueblo ruso, sojuzgado y
tiranizado por el régimen bolchevique, estaba por ello "maduro" para desplomarse
mediante un golpe fuerte. Consideró que no era aconsejable aprovechar el apoyo que una
gran masa del pueblo ruso brindaba a los alemanes contra el régimen comunista. Esta
errónea consideración la adoptó en 1923, la reiteró en 1941, la repitió en 1943 y jamás
pudo librarse de ella. Aunque a primera vista parece increíble, es asombrosa la regularidad
con que el hombre comete los mismos errores cuando se trata de errores fundamentales.
El propio Hitler había percibido este extraño fenómeno y en 1923 escribió que un jefe que
se equivoca en un punto de vista fundamental "está expuesto por una segunda vez al mismo
peligro". Sin embargo, él tampoco pudo librarse de tan misterioso mecanismo psicológico.
Es increíble cuan difícil resulta que alguien lo logre.
El pueblo ruso sentía y sufría la tiranía del bolchevismo. Realmente él no se había
creado ese sistema de gobierno, mas su capacidad de sufrimiento es enorme y ante la
alternativa de una dominación extraña y la que ya conocía, optó por rechazar la extraña.
Esperaba que en el reacomodamiento de postguerra el bolchevismo se modificaría
favorablemente, y esta esperanza la alentó el propio régimen mediante promesas y
concesiones transitorias. "Demos primero cuenta del enemigo exterior y luego ajustaremos
cuentas con el de casa", era el sentimiento popular, según refiere —entre otros muchos—el
doctor Konstantinov, ex capitán del Ejército Rojo.
Hitler creyó que el desplome de Rusia era ya inminente en 1923, y volvió a creerlo en
el otoño de 1941, y lo creyó otra vez en el verano de 1942, y en parte estos repetidos
errores le costaron al Ejército Alemán las tremendas sangrías que sufrió en los dos
primeros inviernos de la campaña en Rusia.
Esos errores (hoy claramente visibles, porque a posteriori es tan fácil descubrirlos
como difícil es preverlos antes de que se materialicen) son en realidad tres, aunque
repetidos con asombrosa frecuencia y casi en idénticas situaciones: a) exigir siempre la
máxima tensión; b) suponer que entre las nubes de propaganda judía, Occidente
distinguiría al verdadero enemigo; c) subestimar la resistencia de las masas sovié ticas y
rechazar su ayuda. La propaganda le ha achacado a Hitler otros muchísimos errores, pero
no resisten un examen detenido y sereno.
Puede concluirse que las fallas de Hitler se vieron catastróficamente agravadas por el
escepticismo, por la oposición o por la franca conspiración de numerosos generales, acerca
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