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DERROTA MUNDIAL
La llama de optimismo con que Hitler acometía las mas difíciles empresas y su
profunda convicción de que la voluntad categórica, firme y prolongada en alcanzar una
meta logra a la postre milagros y triunfa de los obstáculos, constituyeron para él y para las
tropas que lo seguían una fuerza psicológica por lo menos tan poderosa como sus armas
materiales. El reverso negativo de ese optimismo y de esa acerada voluntad fue que en
ocasiones rayaba en la intransigencia, y se empeñaba en ir siempre hacia adelante, siempre
a la ofensiva, aun en los casos en que la defensiva flexible podría rendir mayores
dividendos.
La naturaleza da un ejemplo de que esa máxima tensión de energía no debe
prolongarse indefinidamente. Hasta en el reino vegetal la vida se oculta en las raíces, se
sumerge, "retrocede" ante el invierno. Si pretendiera lo contrario, el gasto de energía sería
tan grande que resultaría ruinoso. Hitler siempre luchó con la misma tensión dinámica y
siempre quiso que el ejército permaneciera en una sola actitud: la del ataque. Fue quizá en
este punto en el que a veces los generales tuvieron razón y Hitler no, aunque bastante
menos frecuentemente de lo que suele suponerse. El historiador británico F. H. Hinsley
hace hincapié en que "los aliados estaban en una posición en la cual hubiesen podido
explotar mucho mejor una retirada de los alemanes que éstos aprovecharse de la misma...
Desde el punto de vista estrictamente militar, basándonos en la suposición de que la
guerra había de ser continuada, es imposible discutir qué otra estrategia hubiese sido
mucho más inteligente que la de Hitler después de principios del año de 1943. Otro error,
frecuentemente refrendado, fue la suposición de Hitler de que los pueblos occidentales
podrían eludir las trampas mentales de la propaganda y ver que el marxismo-israelita
entronizado en Moscú era el enemigo auténtico. Hitler subestimó la eficacia de las cama-
rillas judías en Occidente y creyó en agosto de 1939 que no lograrían arrastrar a Francia y a
la Gran Bretaña a la guerra. Luego creyó que ambas naciones aceptarían su ofrecimiento
de paz. Volvió a creerlo, en vísperas de Dunkerque, al dejar escapar a las tropas británicas;
lo creyó de nuevo al vencer a Francia y ofrecerle la reconciliación, y una vez más en
vísperas de la invasión a Rusia.
A finales ya de la guerra, el 4 de febrero de 1945, él mismo reconoció ese error en una
conversación privada que anotó su secretario Bormann: "Yo me esforcé por obrar al
principio de esta guerra como si Churchill fuera capaz de comprender esa gran política (la
de una amistad germano-británica), pero desde hacía tiempo estaba ligado a los judíos...
Más tarde, atacando a Rusia, escarbando el absceso comunista, tuve la esperanza de suscitar
una reacción de sentido común entre los occidentales. Yo les daba la ocasión de que, sin
participar, contribuyeran a una obra de salubridad... Yo había subestimado el poderío de la
dominación judía sobre los ingleses de Churchill". Y dos días después, sin embargo,
renacían sus esperanzas:
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