DERROTA MUNDIAL - EDICIÓN HOMENAJE AL AUTOR DERROTA MUNDIAL (Edición Homenaje) | Page 490
Salvador Borrego
Otto Dietrich dijo de él: "es esto que hoy en día es tan raro encontrar: es autenticidad".
El propio Hitler observó en 1941: "Es raro que un político después de 21 años, después de
su primera aparición en público, pueda presentarse ante sus mismos partidarios para
repetir el contenido del mismo programa. Es rara la coincidencia de que un hombre,
después de 21 años, no se haya desviado de su programa original". Y ese programa era
luchar contra el marxismo judío, cuya amenaza es hoy el más grave peligro que pende
sobre la civilización occidental.
En lo particular, como todo nacionalista, Hitler anhelaba la grandeza de su Patria. Y en
lo general, realizar "para Europa lo que Pericles realizó para la pequeña Grecia. Daré al
Continente —decía— un nuevo siglo de Pericles".
Durante su infancia no fue un alumno distinguido. Una vez su maestro de lenguaje le
dijo que nunca sería capaz de escribir ni una carta. En una ocasión se embriagó hasta
perder el sentido, y fue tal su arrepentimiento que no volvió a hacerlo nunca.
Los médicos que atendieron a Hitler, ya adulto, lo diagnosticaron normal. Medía 1.74
de altura. En el último año de su vida y a raíz del atentado dinamitero padeció un temblor
de la mano izquierda: "parálisis agitante nerviosa". Asimismo coincidieron los médicos en
que Hitler era sanguíneo con síntomas de colérico, "pero se dominaba tan completamente
que sobre todo ante los extranjeros daba la impresión de un hombre de temperamento
equilibrado".
Quienes convivieron con él en su cuartel general afirmaron que no fumaba ni bebía.
Poco exigente en su ropa y en su comida, sus costumbres personales eran sencillas, pero
"le encantaban las construcciones lujosas".
Como representante del pueblo, su autoseguridad y arrogancia eran avasalladoras.
Actuaba entonces desenvueltamente como dictador. Ernesto Hanfstaengl, enemigo de
Hitler, dijo que éste vivía por las masas y de las masas y que "sacaba de ellas y de sus
aplausos su embriaguez y su fuerza demoníaca..." En cambio, como individuo aislado,
Hítler parecía tener de sí mismo una opinión bastante modesta. En su círculo de confianza
decía: "SÍ hago donación de un edificio a un pueblo o a una ciudad, no soy yo quien da,
puesto que no soy más que un pobre diablo; es el pueblo alemán por entero quien paga.
"...Encuentro muy desagradable que un coche salpique de barro a las personas que
están en fila a lo largo de la acera, particularmente cuando se trata de aldeanos que visten
su traje de los domingos. Si mi coche adelanta a un ciclista, sólo permito al chofer que
conserve su velocidad si el viento disipa inmediatamente el polvo que levantamos.
"...No pienso que un hombre debe morirse de hambre porque ha sido adversario
mío. Si fuera un adversario innoble, entonces ¡que lo lleven al campo de concentración!
Pero si no se trata de un prevaricador, que lo dejen en paz". ("Pláticas en el Cuartel
General").
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