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oeste del Rhin y que llevaban equipo para el cruce de ríos, lo cual revelaba su intención de
lanzar un ataque. Sin embargo, los comandantes aliados contemplaron despectivamente los
aprestos alemanes, pues en vista de sus escasos recursos humanos y materiales parecía
risible cualquier ofensiva.
Pero cuando el 16 de diciembre se inició el último golpe alemán en el frente
occidental, el poderoso frente aliado se cimbró peligrosamente y fue perforado y hendido
en más de 100 kilómetros. No el número de sus soldados, sino la llama del entusiasmo y fe
que Hitler despertó en ellos fue lo que volvió posible el imposible teórico de ese avance.
Los granaderos se entusiasmaban y se sobreponían al cansancio al ver pasar a las "V-2"
como cometas, hacia la retaguardia de los aliados. En los Estados Mayores
angloamericanos había confusión. Tal vez a consecuencia de esto seis bombarderos B-26
de la 322ª flotilla americana bombardeó desde gran altura la población de Malmedy,
donde todavía resistían fuertes contingentes americanos, y causaron muchas bajas a sus
propios compañeros. La propaganda aliada ocultó el hecho afirmando que el grupo
acorazado alemán Peiper había capturado a esos americanos y los había asesinado.
El avance todavía continuó varios días, pero cada vez con más dificultades porque
aumentaba el número de tanques y cañones que iban quedándose paralizados por falta de
combustible. Finalmente, la ofensiva se atascó a cien kilómetros de profundidad, cuando
ya el frente aliado se hallaba gravemente desgarrado y peligraban varios de sus grandes
centros de abastecimiento, como el de Lieja, hasta cuyas cercanías llegaron las avanzadas
de la 9ª división SS "Hohenstaufen". Los aliados habían sufrido más de 70,000 bajas y
perdido cerca de 700 tanques.
A ocho días de iniciada la operación, el servicio de abastecimiento de municiones
agotaba su combustible y ya no podía hacer llegar proyectiles a la artillería alemana.
Numerosos tanques, paralizados, tenían que volarse a sí mismos y sus tripulantes
replegarse, para no ser capturados. Una gran ilusión se esfumaba... "La moral de las tropas
participantes —dijo después Rundstedt— era sorprendentemente alta cuando se inició la
ofensiva. Creían verdaderamente que la victoria era todavía posible, en contraste con los
comandantes superiores".
Los paracaidistas americanos de la división 101, que luchó en Bastogne, se
sorprendieron de que los alemanes se aproximaban al frente cantando. "Aquel coro de
voces entonando marchas guerreras era un impacto directo a nuestro estado de ánimo. No
parecían soldados de un país que había perdido media Europa". Lo notable es que esa fe
no estaba tan rotundamente equivocada, porque 4 ejércitos aliados septentrionales (38
divisiones) estuvieron a punto de ser cortados de los tres ejércitos meridionales y
eventualmente copados. A efecto de conjurar este desastre los aliados necesitaron echar
mano de todos sus recursos. Un ejército inglés y dos norteamericanos fueron violentamente
congregados en el área de penetración para sortear la crisis. Y Churchill le pidió a Stalin
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