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DERROTA MUNDIAL
SUPREMO ESFUERZO DE SOVIÉTICOS Y ALEMANES
Reafirmando a Berdiaeff, el filósofo Walter Schubart dice que el gozo de quemarse a sí
mismo es una característica nacional rusa, y cita el casó de los "propios incendiarios"
moscovitas que en el siglo XVII buscaban la muerte por medio del fuego como un acto de
consagración religiosa. "Igual placer de quemarse a sí mismos surgió en 1812 —dice— y en
1918 se desmandó orgiásticamente. El ruso se complace en ver perecer, incluso a sí mismo.
Se goza con las ruinas y añicos. Conocida es la costumbre rusa de arrojar en las orgías copas
contra la pared".
Algo semejante observó también el ex Secretario de Defensa de Estados Unidos, James
V. Forrestal, quien anotó en su Diario que para limpiar los campos de minas los rusos
utilizaban hombres en vez de máquinas. "En su conducta de guerra —afirmó— los guiaba
una total y despiadada falta de respeto a la vida de sus soldados".
Coincidiendo con todo lo anterior el periodista americano William L White relata el
azoro y temor de varios pilotos compatriotas suyos cuando los aviadores rusos que los
conducían se elevaron sin ninguna precaución, sin haber calentado siquiera los motores y
haciendo escalofriantes piruetas. Dice que el piloto ruso les preguntó sorprendido:
"¿Qué les pasa? ¿Tienen miedo de morir?"...
En fin, sería interminable la relación de hechos históricos y anécdotas que pintan la
ancestral indiferencia del ruso hacia la muerte Esta característica tuvo una amplia y macabra
comprobación durante la última guerra. Ya por el otoño de 1943 las bajas soviéticas ascen-
dían a 16 millones de hombres, entre muertos, prisioneros y heridos.
En 1944 Moscú hizo un supremo esfuerzo para extraer más reservas de todos los
confínes del país y echó mano de todo el que pudiera cargar un fusil. El general español
Valentín González presenció hasta la movilización de niños de las escuelas para sustituir a
los adultos que eran reclamados por el ejército.
Pese a que entonces el, frente alemán iba retrocediendo y esto daba una apariencia de
desahogo para las armas soviéticas, la situación de la URSS era desesperada. Nunca nación
alguna había sufrido bajas tan enormes. Sólo la firme mano de Stalin, la implacabilidad de
la NKVD y la insólita capacidad de sufrimiento del pueblo ruso podían realizar el milagro
de mantener a la nación en pie de guerra.
El propio periodista White refiere al respecto que las mujeres cubrían del 50 al 65% de
las plazas en las fábricas, y el resto era desempeñado por ancianos, muchachitos o
enfermos. "En el avance hacia Prusia y Varsovia (1944) ninguno puede afirmar—agrega—
que ellos no hayan mantenido la fe, arañando hasta el fondo del barril de su potencial
humano, arrojando a sus mutilados de guerra, semi-inválidos y niños casi, a la batalla. Su
sacrificio, desde el punto de vista del potencial humano, fue fantástico. En la retaguardia no
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