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DERROTA MUNDIAL
A las 11 de la noche del 11 de febrero, el Scharnhorst, el Gneisenau y el Príncipe
Eugenio, bajo el mando del almirante Ciliax, zarparon de Brest y se lanzaron a atravesar el
Canal inglés. En las primeras horas los británicos no advirtieron la escapatoria porque su
radar sufría extrañas interferencias. El almirante Maertens, jefe del Servicio Naval Alemán
de Inteligencia inalámbrica, había introducido un nuevo procedimiento de interferencias.
Dice Churchill que como eso se hizo gradualmente "nadie sospechó que hubiese cosa
alguna poco usual. Para el 12 de febrero la interferencia se había hecho tan fuerte que
nuestro radar que vigilaba el mar era de hecho inútil".
Además, los ingleses pensaban que si los barcos alemanes tratasen de romper el
bloqueo, aparecerían en el punto más expuesto —o sea el Paso de Calais— al amparo de la
noche, pero resultó que aparecieron precisamente al medio día. La noticia se conoció en
Londres hasta las 11 de la mañana del día 12, por el aviso de un caza británico. In-
mediatamente comenzaron a elevarse escuadrillas para atacarlos. Por su parte, desde que
la Luftwaffe se había ido al frente soviético, los alemanes sólo disponían en el frente
occidental de 250 aviones. El general Galland se encargó de dirigirlos y de hacer
malabarismos para proteger a los cruceros.
Frenéticamente 250 bombarderos ingleses, escoltados por cientos de cazas, trataron
de caer sobre los barcos alemanes, en la más encarnizada batalla aérea de 1942, que duró
todo el dia 11. Sucumbieron 60 aviones británicos y 17 alemanes.
Sobre las aguas agitadas del Canal, torpederos, destructores y lanchas rápidas británicas
trataron infructuosamente de acercarse a los navíos fugitivos. Los ingleses habían colocado
más de mil minas magnéticas en la probable ruta de los cruceros. Él Scharnhorst chocó a
intervalos con dos de ellas y sufrió tan graves daños que por momentos se le consideró
perdido. Sin embargo tres cruceros lograron llegar a Alemania. El control británico sobre
el Canal de la Mancha había sido violado por primera vez desde el siglo XVIII.
Entretanto, la flota submarina alemana tuvo un presagio alarmante en febrero,
cuando el U-82 del capitán Rollmann desapareció al perseguir en el golfo de Vizcaya a un
convoy poco protegido. En marzo ocurrió otro caso igual con el U-587 del comandante
Borcherdt, cosa que se repitió en abril con el U-252 del capitán Lerchen, no obstante que
se le había advertido que procediera con sumo cuidado en esa zona peligrosa.
Doenitz volvió a pensar que los ingleses tenían una nueva arma, tal vez un sistema
desconocido de detección desde el aire, pero los técnicos en electrónica insistieron en
negarlo. Doenitz pidió entonces a los submarinos que radiaran pormenorizados informes
de todo lo que vieran, no obstante que esas radiaciones delataran su posición.
Los informes eran indispensables para saber qué estaba ocurriendo con los
sumergibles que desaparecían en forma extraña. Se sabía ya que las nuevas bombas
británicas de profundidad eran efectivas a 170 metros bajo el agua y que las lanzaba a 240
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