DERROTA MUNDIAL - EDICIÓN HOMENAJE AL AUTOR DERROTA MUNDIAL (Edición Homenaje) | Page 285
DERROTA MUNDIAL
El pueblo americano no había aprobado esa guerra no declarada contra Alemania, a
favor del comunismo, pero Roosevelt y su camarilla judía ya la habían desencadenado. Para
dorar la píldora Roosevelt y Churchill proclamaron el 15 de agosto (1941) la famosa Carta
del Atlántico, cuyos puntos básicos de libertad no eran ciertamente respetados por la
URSS. Redondeando la sarcástica burla a los pueblos occidentales, Stalin se adhirió a esa
Carta. El diplomático americano WhIiam C. Bullit escribió al respecto: "Se hizo creer
entonces que Rusia se había reformado. Esta campaña sistemática para engañar al pueblo
de los Estados Unidos en lo referente al carácter y a los fines del gobierno soviético tuvo
éxito" ("La Amenaza Mundial").
Detrás de los falsos cantos de libertad y democracia se agigantaba la ayuda a la peor
tiranía conocida en la historia. Convoyes enteros con armas zarpaban para apuntalar al
ejército rojo. Y el 11 de septiembre (1941) Roosevelt se quejaba sin sonrojo de que los
submarinos nazis hundían algunos de sus barcos. Describía tal cosa como un acto de
barbarie y anunciaba que a partir de esa fecha la flota americana escoltaría los convoyes.
Bullit afirma que esos envíos de armas costaron diez mil millones de dólares y hace la
observación de que Rusia seguía siendo una dictadura que se diferenciaba de la de Hitler
por el hecho de que éste perseguía a los judíos, en tanto que "Stalin no mataba más que a
los nobles y ricos y a los que habían provocado su disgusto".
¡Era ésa una diferencia fundamental! Tanto así que ahí residía la clave de la alianza
entre los judíos que rodeaban a Roosevelt y el régimen marxista-judío de la URSS. El
movimiento israelita internacional acudía a luchar contra Hitler y socorría presurosamente al
régimen bolchevique, creación brillante del judaismo representado; por Marx, Engels y
Lenin.
Cuando todavía el sortilegio de la propaganda no adormecía a la opinión pública, para
todo el mundo resultaba inconcebible cómo Estados Unidos —sede de enormes capitales-—
podía defender tan decididamente a una potencia enemiga del capital, como la URSS. La
explicación es tan sencilla como increíble a primera vista: tanto el supercapialismo forjado en
Wall Street como el bolchevismo forjado en Rusia son instrumentos del judaismo. Tan
judíos los magnates de las grandes especulaciones financieras de la Bolsa de Valores de
Nueva York como Marx el padre intelectual del bolchevismo, y como Lenin, Trotsky,
Kamenev, Zinoviev y Ouritsky, implantadores de la tiranía soviética en Rusia. Entre esas dos
ramas del judaismo puede haber grandes diferencias incluso enemistades, pero toda
discrepancia desaparece en cuanto surge un enemigo exterior, como fue Hitler.
El establecimiento del comunismo en un país no afecta en nada al capitalismo judío. Al
que aniquila es al capitalismo no judío. Por lo demás, el movimiento judío-marxista se
convierte en el dueño absoluto del Estado y de la economía. Es decir, todo el capital y todo
el poder pasa a manos judías.
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