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Maese Juan de Valmaseda iba a recriminar sus modales cuando se fijó en los lagrimones que resbalaban por las mejillas del curilla . El escultor quedó suspendido y . como hombre discreto , se retiró .
Al maestro de fábrica le gustaba rondar la catedral ; desde San Llorente bajaba hasta la muralla y volvía a subir a San Llorente , con los ojos prendidos en las agujas casi nuevas , en la increíble filigrana del pórtico principal que se inflamaba con el sol de la tarde y ante el que muchos peregrinos lloraban de emoción .
―¿ Qué piedra se ha caído ; qué estatua se ha inclinado ? ― se iba diciendo . El palentino no se cansaba de mirar la madera labrada por Gil años atrás .
― Qué manos tuvo ese cabrón , y qué cabeza … y con menos de treinta años . Cómo pudo hacer tales obras …
El escultor dibujaba , dibujaba , dibujaba , trazando líneas en su cabeza . Quizá él podría , tal vez , tallar una puerta como esa .
Ahora , como al descuido , pasaba la mirada por el frontis y las arquivoltas que otro gran maestro , Enrique , talló ya hacía trescientos años :
Juan vio en alguna ocasión al novicio delante de la puerta del claustro .
Y mientras el artista daba vueltas a su mollera , el cura se aterrorizaba mirando . Esteban tenía sensibilidad , aunque le faltaba talento . Pero no era el arrebato del arte lo que le clavaba delante de la puerta ; era la visión del infierno . Esa boca , engendro salido de las manos de un perturbado , tragando almas que deberían estar a la diestra del Padre .
La fe de Esteban naufragaba en un mar de ojos asombrados y de dientes afilados . Y después de pasar las horas ensimismado se iba arrastrando los pies por la nave , camino de la escalera que le llevara a las torres . Buscaba las alturas .
Ya algún beneficiado se percató del joven desvalido , y dos chicos del coro lo habían comentado con los chantres y , por más cercano , con su capiscol .
― Sí lo hemos visto ; creemos que va dando tumbos por el borde de las cubiertas , pero no sabemos más .
Y los chantres dieron cuenta al deán .
Pero Esteban no escuchaba , a nadie hacía caso , y nadie tampoco se había interesado por él . Así , después de abrumarse con imágenes hechas por el mismo diablo , esperaba el atardecer y se adentraba en las claridades del tejado , agarrado a la sólida baranda de piedra como a las costillas de la nave que flota en un mar espantoso .
Allí estaban los antitéticos de la puerta salida de la cabeza nefasta de ese patético flamenco . Los ángeles miraban a la gente que pasaba debajo . Esteban los miraba a ellos ; veía el amor derramaban sus manos ; y aunque los ojos parecieran fijos , no era así para quien pudiera darse cuenta ; se movían , buscaban el dolor de los afligidos de la calle para darles consuelo .
Arriba , Esteban lloraba por causas muy distintas a sus lloros delante de la puerta . Lloraba mirando a uno de los ángeles , uno de semblante sereno . A veces lograba alcanzar su

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