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Es necesario cuestionar la valoración social positiva de todo lo que hacemos día a día para potenciar el rendimiento y superar la barrera del cansancio, como por ejemplo la superposición de actividades en niños, adolescentes y adultos, los esfuerzos desmedidos para que nadie se aburra (mercantilización del ocio y de la cultura), y la búsqueda de diagnósticos clínicos y medicalización de los malestares por los que toda persona atraviesa a lo largo de su vida. El imperativo de respuesta inmediata, de solución rápida a los problemas, produce algunas veces, insensibilización ante el sufrimiento del otro, e impone abordajes que desmienten el dolor priorizando la medicalización de su padecimiento, su clasificación, el diagnóstico y el etiquetamiento. Se arman clasificaciones psiquiátricas y se proponen remedios mágicos. Se educa a los niños en la medicalización, se les enseña que hay drogas que solucionan los malestares. Proponemos reflexionar juntos sobre los procesos de salud y enfermedad de nuestra comunidad analizando los procesos de taponamiento del malestar y la medicalización de la infancia y la adolescencia. El “taponamiento” frente al malestar “Todas las brujerías del brujito de gulubú se curaron con la vacú con la vacuna luna lunalú” María Elena Walsh Más de una vez presenciamos en algún supermercado o kiosco la escena de una madre o padre lidiando con su niño que amenaza con un “berrinche” si no le compran lo que quiere, ese producto que las góndolas ofrecen a su altura, con sus dibujos preferidos, para tentarlo y educarlo como un pequeño consumidor. Una de las respuestas, cada vez más común, es comprarle ese objeto para evitar el malestar, el mal momento, el berrinche, etc. Aparece así como recurso la lógica del “taponar”: el ofrecimiento de un objeto cuyo consumo “resuelve” por un tiempo la situación. Una golosina, un juguete, la leche, la comida, el celular, las zapatillas, pueden ser objetos que se le dan al niño para que se calme rápidamente o al adolescente para que deje de discutir. Esta práctica puede funcionar tapando un malestar, no sólo del niño o adolescente, sino quizá también de los adultos, que tal vez no sabemos o no podemos responder a una situa- ción difícil de otro modo. El taponamiento evita poder hacerse preguntas, necesarias para intentar comprender la situación, para indagar si hay en juego alguna necesidad afectiva. Al mismo tiempo imposibilita el aprendizaje y la creación por parte del niño de una zona de tolerancia, de espera y de frustración necesarias para afrontar la vida. Un límite, una pausa, que dice ahora no, ahora no se puede, en otro momento. La posibilidad de postergar la satis- facción invita al niño a elaborar otras herramientas que le servirán en un futuro. La lógica del taponamiento enseña al niño que ante el malestar hay una solución instantánea, que el deseo se satisface inmediatamente, que consumiendo se solucionan problemas. En cuanto a los adolescentes el taponamiento funciona cerrando los espacios de diálogo y de 142