Por su parte, los niños ya no responden ni acatan el modelo caduco de autoridad tradicional. Nos asombran con una precoz disposición a desobedecer, y no tienen dificultades en ejercer críticas desde muy pequeños, mostrando que la adultez ya no está idealizada. Son múltiples los modelos y las fuentes de información que absorben del mundo extrafamiliar( la calle, las películas, las redes, los dibujitos, las noticias, etc.). Los niños ya no son iguales, ni tampoco el mundo al que llegan.
La diferencia intergeneracional y la asimetría entre adultos y niños se desdibujan a la hora de poner límites y establecer legalidades. El niño se muestra autónomo y autosuficiente, pero si no podemos acompañar en su crecimiento sosteniendo algunas legalidades, lo dejamos solo, sintiendo que no tiene donde apoyarse, volviéndose frágil y teniendo que resolver situaciones, tomar decisiones y atravesar conflictos sin tener la edad y la capacidad para hacerlo solo.
Muchas veces ocurre que“ se confunden los papeles”: el niño dice lo que se hace y los padres o adultos acatamos esa ley. La adultez, tan necesaria para acompañar a un niño que llega al mundo y necesita un andamiaje que le preste sentidos, valoraciones, y orientaciones en la vida, se confunde con amistad, simetría, igualdad, y en ese gesto de“ complicidad” los niños se quedan sin criterios claros que los ayuden a crecer. Los padres muchas veces oscilamos-como un péndulo- entre el consentimiento absoluto o la prohibición sin sentido, producto del cansancio de niños que deciden, inmersos en la lógica de consumo, qué quieren y que lo quieren ya.
Un imperativo de libertad rige en esa relación, pero esa libertad es muchas veces entendida como la elección de los productos que ofrece el mercado. Sin embargo, en esa relación, el único libre es el mercado. A la dificultad de mediar entre la oferta mercantil y el niño o adolescente, se suma la dificultad de decir que no, de posponer, de soportar el“ berrinche”, de sostener una discusión, de poner palabras. No es fácil decir que no, muchas veces por el miedo a la pérdida del amor y otras tantas porque sostener el“ berrinche”, hacer una pausa y poner palabras a las decisiones, nos lleva mucho más tiempo, con el que muchas veces no contamos por el ritmo vertiginosos en el que vivimos.
Cuando los bordes se vuelven difusos y rige tanto para los adultos como para niños y los adolescentes la prevalencia del deseo propio, la satisfacción al instante y el“ dejar libre”, nadie quiere pasar por el displacer que implica poner límites. Por eso muchas veces oscilamos entre una figura rígida de“ la ley”:“ es así porque sí y se acabó, acá mando yo, cállese la boca”, o bien dejando al niño o adolescente hacer lo que quiera, sintiendo que cualquier límite o legalidad que se intenta instalar en esos vínculos, son señal de autoritarismo. Y cuando aparece un límite, se le hace difícil estar acompañado de palabras, de sentido –“ esto no se puede porque te va a hacer mal”,“ hasta acá, porque te quiero cuidar”-. Límite, necesario, que aunque provoque rechazo del niño o adolescente, pueda ir construyéndose para devenir en herramienta, recurso o fortaleza frente a la vida.
Es necesario producir la separación entre niños y adultos, construir el lugar de autoridad, ocupar el espacio del cuidado. Los límites que ponga el adulto irán tranquilizando y harán que se vayan construyendo bordes, barreras para que el niño no se sienta solo. Por tal motivo la asimetría es necesaria. Cuando el niño se vuelve a sentir niño y el adolescente se siente adolescente, porque tiene apoyo, se siente contenido y los adultos pueden con él, a través de un límite o de una buena conversación, sale de su soledad y puede armar su propia historia, acompañado por otros. Reconocerse como un niño o un adolescente hace que se pueda crecer, que se pueda aprender y entender que“ no se sabe todo”.
Cuidados en juego, nivel primario
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