Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
El avaro quedó muy satisfecho del contrato que le ahorraba mucho dinero. Al día siguiente el
oficial forastero fue el que dio el primer martillazo cuando el maestro llevó la barra de hierro,
ardiendo; le dio tal golpe, que el hierro se rompió y saltó, y el yunque se hundió tan profundamente
en el suelo que no pudieron volverle a sacar. El maestro, incómodo, le dijo:
-No sirves para el oficio, porque pegas muy fuerte; ¿qué quieres que te dé por ese martillazo que
has pegado?
-No quiero más que darte un puntillazo, uno solo.
Y le dio tal puntillazo, que le hizo saltar por encima de cuatro carros de heno. Después buscó la
barra de hierro más gruesa que pudo hallar en la fragua y cogiéndola como un bastón, continuó su
camino.
Un poco más lejos llegó a una granja y preguntó a su dueño si necesitaba algún criado.
-Sí -le respondió-, necesito uno. Tú me pareces un muchacho muy vigoroso y que sabes tu
obligación. Pero ¿cuanto quieres de salario?
Le respondió que no quería salario, que se contentaba con darle todos los años tres trompis, que
se obligaría a recibir. El extranjero se alegró mucho de este contrato porque era también muy
avaricioso.
Al día siguiente había que ir a buscar madera al bosque, los otros criados estaban ya de pie, pero
nuestro joven se hallaba aun en la cama. Uno de ellos le gritó:
-Levántate, que ya es hora, vamos al bosque y es preciso que vengas con nosotros.
-Id delante, -le contestó bruscamente-, yo estaré de vuelta mucho antes que vosotros.
Los otros fueron a buscar al amo y le dijeron que el criado nuevo estaba todavía acostado y no
quería ir con ellos al bosque. El amo les dijo que fueran a despertarle otra vez y le dieron orden de
enganchar los caballos. Per o nuestro hombre les volvió a responder:
-Id delante, que yo estaré de vuelta antes que vosotros.
Todavía estuvo acostado dos horas; al cabo de este tiempo se levantó y después de haber cogido dos
fanegas de guisantes y hacerse un buen cocido que comió tranquilamente enganchó los caballos
para conducir la carreta al bosque. Para llegar a este sitio había que pasar por un camino que se
hallaba en una hondonada; hizo pasar primero la carreta, después, deteniendo los caballos volvió
atrás, cubrió el camino con árboles y malezas, de modo que no era posible pasar. Cuando entró en
el bosque los otros volvían ya con sus carretas cargadas y les dijo:
-Id delante, que yo estaré en casa antes que vosotros.
Sin andar más, se contentó con arrancar dos árboles enormes que echó en su carreta y después se
volvió por el mismo camino. Cuando los halló detenidos y sin poder pasar delante de los árboles
que había preparado con aquel objeto les dijo:
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