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Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
-Madre, -dijo-, tengo hambre, ¿está pronta la comida?
-Sí, -respondió, y puso delante de él dos platos muy grandes, llenos hasta arriba y que hubieran
bastado para comer ella y su marido durante ocho días.
El joven se comió todo; enseguida preguntó si había algo más.
-No; eso es todo lo que tenemos.
-Eso apenas ha bastado para abrirme el apetito; necesito otra cosa.
La madre no se atrevió a negarse: puso a la lumbre una marmita muy grande, llena de tocino y se
le dio en cuanto estuvo cocido.
-Vamos, -dijo-, ahora ya se puede tomar un bocado.
Y se lo tragó todo sin que se le quitase el hambre. Entonces dijo a su padre:
-Veo que en casa no hay lo que necesito para comer. Buscadme una barra de hierro, bastante fuerte,
que no se rompa encima de mi rodilla y me iré a correr el mundo.
El labrador estaba admirado. Enganchó los dos caballos al carro y trajo de la fragua una barra de
hierro tan grande y tan gruesa que apenas podían arrastrarla los dos caballos.
El joven la cogió y la rompió en su rodilla como una paja; tiró los pedazos a un lado. El padre
enganchó cuatro caballos y trajo otra barra de hierro, mucho más grande y fuerte que la primera.
Pero su hijo la rompió también encima de la rodilla, diciendo:
Esta tampoco vale nada, traedme otra más fuerte. El padre enganchó por último ocho caballos y
trajo una que apenas podían arrastrarla todos ellos. En cuanto la cogió el hijo en su mano, rompió
un poco de una punta y dijo a su padre:
-Ahora veo que no podéis procurarme una barra de hierro como la que necesito. Me marcho de
vuestra casa.
Para correr el mundo se hizo herrero. Llegó a una ciudad donde había un herrero muy avaro que
no daba nunca nada a nadie y quería guardárselo todo para él solo. Se presentó en la fragua y le
pidió trabajo. El maestro se admiró de ver un joven tan vigoroso y contó con que daría buenos
martillazos y ganaría bien su dinero.
-¿Cuánto quieres de jornal? -le preguntó.
-Nada, -respondió el otro-, pero cada quincena cuando pagues a los demás quiero darte dos
puñetazos, que quedarás obligado a recibir.
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