CUENTOS HERMANOS GRIM cuentos_hermanos_grimm_edincr | Page 82

Cuentos de los Herm anos Grimm EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL costa rica -La recompensa es buena, -se decía el sastrecillo- con ella puede quedar cualquiera contento; pero las cerezas están demasiado altas; si subo al árbol se romperán las ramas y caeré al suelo. Fue a su casa y se sentó con las piernas cruzadas sobre su banco para reflexionar lo que debía hacer. Es imposible, exclamó al fin; tengo que marcharme, aquí no hay descanso para mí. Hizo su maleta y se apresuró a salir de la ciudad. Al pasar por el prado vio a su vieja amiga la cigüeña, que se paseaba a lo largo y a lo ancho, como un filósofo y que se detenía de tiempo en tiempo para observar algunas ranas que acababa por zamparse. Salió a su encuentro para saludarle. -¿Dónde vas con el saco a la espalda? -le dijo-; ¿dejas ya la ciudad? El sastre le refirió el compromiso en que lo había puesto el rey y se quejó amargamente de su suerte. -No te incomodes por tan poca cosa, -le contestó-; yo te sacaré adelante; yo he llevado ya muchos niños y puedo muy bien en una ocasión como esta llevar un principito. Vuelve a tu tienda y estate quieto. De hoy en tres días si vas al palacio del rey me hallarás a tu lado. El sastrecillo se volvió a su casa y en el día convenido se dirigió a palacio. Un instante después llegó la cigüeña con rápido vuelo y llamó a la ventana. La abrió el sastre y la comadre de largos pies entró con precaución y se adelantó gravemente por el pavimento de mármol. Llevaba en el pico un niño tan hermoso como un ángel que tendía sus manecitas hacia la reina; se le puso encima de las rodillas y la reina se puso a besarle y a estrecharle contra su corazón en muestra de su alegría. Antes de marcharse, la cigüeña cogió su saco de viaje que llevaba a la espalda y le presentó a la reina. Se hallaba lleno de cucuruchos de bombones de todos colores que fueron distribuidos a las princesitas. La mayor no tomó ninguno, porque era demasiado grande, pero la dieron por marido a nuestro sastrecillo. -Puedo decir, -pensaba el sastre-, que me ha caído el premio grande de la lotería. Mi madre tenía razón cuando decía que, con fe en Dios y fortuna se sale bien en todo. El zapatero se vio obligado a hacer los zapatos que sirvieron al sastre para el baile de boda. Después le echaron de la ciudad, prohibiéndole entrar nunca en ella. Tomó el camino del bosque y al pasar por delante de la horca, anonadado por el calor, la cólera y los celos, se echó al lado de los palos. Pero cuando iba a dormirse, los dos cuervos que se hallaban encima de las cabezas de los ahorcados, se lanzaron sobre él dando grandes gritos y le sacaron los ojos. Corrió como un insensato a través del bosque y debe haber muerto de hambre pues desde entonces nadie le ha visto, ni ha tenido noticias de él. 82