Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
-La recompensa es buena, -se decía el sastrecillo- con ella puede quedar cualquiera contento; pero
las cerezas están demasiado altas; si subo al árbol se romperán las ramas y caeré al suelo.
Fue a su casa y se sentó con las piernas cruzadas sobre su banco para reflexionar lo que debía hacer.
Es imposible, exclamó al fin; tengo que marcharme, aquí no hay descanso para mí.
Hizo su maleta y se apresuró a salir de la ciudad.
Al pasar por el prado vio a su vieja amiga la cigüeña, que se paseaba a lo largo y a lo ancho, como
un filósofo y que se detenía de tiempo en tiempo para observar algunas ranas que acababa por
zamparse. Salió a su encuentro para saludarle.
-¿Dónde vas con el saco a la espalda? -le dijo-; ¿dejas ya la ciudad?
El sastre le refirió el compromiso en que lo había puesto el rey y se quejó amargamente de su
suerte.
-No te incomodes por tan poca cosa, -le contestó-; yo te sacaré adelante; yo he llevado ya muchos
niños y puedo muy bien en una ocasión como esta llevar un principito. Vuelve a tu tienda y estate
quieto. De hoy en tres días si vas al palacio del rey me hallarás a tu lado.
El sastrecillo se volvió a su casa y en el día convenido se dirigió a palacio. Un instante después
llegó la cigüeña con rápido vuelo y llamó a la ventana. La abrió el sastre y la comadre de largos
pies entró con precaución y se adelantó gravemente por el pavimento de mármol. Llevaba en el
pico un niño tan hermoso como un ángel que tendía sus manecitas hacia la reina; se le puso encima
de las rodillas y la reina se puso a besarle y a estrecharle contra su corazón en muestra de su alegría.
Antes de marcharse, la cigüeña cogió su saco de viaje que llevaba a la espalda y le presentó a la
reina. Se hallaba lleno de cucuruchos de bombones de todos colores que fueron distribuidos a las
princesitas. La mayor no tomó ninguno, porque era demasiado grande, pero la dieron por marido
a nuestro sastrecillo.
-Puedo decir, -pensaba el sastre-, que me ha caído el premio grande de la lotería. Mi madre tenía
razón cuando decía que, con fe en Dios y fortuna se sale bien en todo.
El zapatero se vio obligado a hacer los zapatos que sirvieron al sastre para el baile de boda.
Después le echaron de la ciudad, prohibiéndole entrar nunca en ella. Tomó el camino del bosque
y al pasar por delante de la horca, anonadado por el calor, la cólera y los celos, se echó al lado
de los palos. Pero cuando iba a dormirse, los dos cuervos que se hallaban encima de las cabezas
de los ahorcados, se lanzaron sobre él dando grandes gritos y le sacaron los ojos. Corrió como
un insensato a través del bosque y debe haber muerto de hambre pues desde entonces nadie le ha
visto, ni ha tenido noticias de él.
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