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Cuentos de los Herm anos Grimm EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL costa rica Agradó al gato el consejo y partió con ellos. Nuestros viajeros pasaron bien pronto por delante de un corral encima de cuya puerta había un gallo que cantaba con todas sus fuerzas. -¿Por qué gritas de esa manera? -dijo el asno. -Estoy anunciando el buen tiempo, -contestó el gallo-, y como mañana es domingo hay una gran comida en casa, y el ama sin la menor compasión ha dicho a la cocinera que me comerá con el mayor gusto con arroz, y esta noche tiene que retorcerme el pescuezo. Así he gritado con todas mis fuerzas, no sin cier ta satisfacción, viendo que respiro todavía. -Cresta roja, -dijo el asno-; vente con nosotros a Bremen; en cualquier parte encontrarás una cosa mejor que la muerte. Tú tienes buena voz, y cuando cantemos juntos, haremos un concierto admirable. Agradó al gallo la propuesta y echaron a andar los cuatro juntos; pero no podían llegar en aquel día a la ciudad de Bremen; al anochecer pararon en un bosque, donde decidieron pasar la noche. El asno y el perro se colocaron debajo de un árbol muy grande; el gato y el gallo ganaron su copa, y el gallo voló todavía para colocarse en lo más elevado, donde se creía más seguro. Antes de dormirse, cuando paseaba sus miradas hacia los cuatro vientos, le pareció ver a lo lejos como una luz y dijo a sus compañeros que debía haber alguna casa cerca, pues se distinguía bastante claridad. -Siendo así, -contestó el asno-, desalojemos y marchemos deprisa hacia ese lado, pues esta posada no es muy de mi gusto. A lo cual añadió el perro: -En efecto, no me vendrían mal algunos huesos con su poco de carne. Se dirigieron hacia el punto de donde salía la luz; no tardaron en verla brillar y agrandarse, hasta que al fin llegaron a una casa de ladrones muy bien iluminada. El asno, que era el más grande de todos, se acercó a la casa y miró dentro. -¿Qué ves, rucio? -le preguntó el gallo. -¿Que qué veo? -dijo el asno-. Una mesa llena de manjares y botellas y alrededor los ladrones, que según parece no se dan mal trato. -¡Qué buen negocio sería ese para nosotros! -añadió el gallo. -De seguro, repuso el asno; ¡ah!, ¡si estuviéramos dentro! Comenzaron a idear un medio para echar de allí a los ladrones y al fin le encontraron. El asno se puso debajo, colocando sus pies delanteros encima del poyo de la ventana; el perro montó sobre la espalda del asno, el gato trepó encima del perro, y el gallo voló y se colocó encima de la cabeza del gato. Colocados de esta manera, comenzaron todos su música a una señal convenida. El asno comenzó a rebuznar, el perro a ladrar, el gato a maullar y el gallo a cantar, después se precipitaron por la ventana dentro del cuarto rompiendo los vidrios, que volaron en mil pedazos. Los ladrones, 58