Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
al oír aquel espantoso ruido, creyeron que entraba en la sala algún espectro y escaparon asustados
al bosque. Entonces los cuatro compañeros se sentaron a la mesa, se arreglaron con lo que quedaba
y comieron como si debieran ayunar un mes.
Apenas hubieron concluido los cuatro instrumentistas, apagaron las luces y buscaron un sitio para
descansar cada uno conforme a su gusto. El asno se acostó en el estiércol, el perro detrás de
la puerta, el gato en el hogar, cerca de la ceniza caliente, el gallo en una viga, y como estaban
cansados de su largo viaje, no tardaron en dormirse. Después de medianoche, cuando los ladrones
vieron desde lejos que no había luz en la casa y que todo parecía tranquilo, les dijo el capitán.
-No hemos debido dejarnos derrotar de esa manera.
Y mandó a uno de los suyos que fuese a ver lo que pasaba en la casa. El enviado lo halló todo
tranquilo; entró en la cocina y fue a encender la luz; cogió una pajuela y como los inflamados y
brillantes ojos del gato le parecían dos ascuas, acercó a ellos la pajuela para encenderla; mas como
el gato no entendía de bromas, saltó a su cara y le arañó bufando. Lleno de un horrible miedo corrió
nuestro hombre para huir hacia la puerta, mas el perro, que estaba echado detrás de ella, se tiró a
él y le mordió una pierna; cuando pasaba por el corral al lado del estiércol, le soltó un par de coces
el asno, mientras el gallo, despierto con el ruido y alerta ya, gritaba: ¡quiquiriquí! -desde lo alto de
la viga.
El ladrón corrió a toda prisa hacia donde estaba su capitán y le dijo:
-Hay en nuestra casa una horrorosa hechicera que me ha arañado, bufando, con sus largas uñas;
junto a la puerta se halla un hombre armado con un enorme cuchillo, que me ha atravesado la
pierna; se ha aposentado en el patio un monstruo negro que me ha aporreado con los golpes de su
maza, y en lo alto del techo se ha colocado el juez que gritaba:
-¡Traédmele aquí, traédmele aquí, delante de mí! -por lo que he creído debía huir.
Desde entonces no se atrevieron los ladrones a entrar más en la casa, y los cuatro músicos de
Bremen se hallaban tan bien en ella que no quisieron abandonarla.
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