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Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
Apenas había dicho esto, llegaron al punto designado. El erizo indicó a su mujer el puesto que
debía ocupar y subió campo arriba. Cuando hubo llegado al otro extremo encontró a la liebre que
le dijo:
-Vamos a correr.
-Sin duda -repuso el erizo.
-Pues comencemos.
Y cada uno se colocó en su surco.
La liebre dijo:
-Una, dos, tres.
Y partió como un torbellino, saltando varas enteras. El erizo dio dos o tres pasos detrás de ella,
después se agazapó en el surco y se estuvo quieto.
En cuanto llegó la liebre a grandes zancadas al otro lado de la tierra, le gritó la mujer del erizo:
-Aquí estoy.
La liebre se admiró y maravilló mucho; creía oír al mismo erizo, pues la mujer era exactamente
igual a su marido.
La liebre pensó para sí: «El diablo anda en esto.»
Y añadió:
-Vamos a correr otra vez.
Y volvió a correr partiendo como un torbellino, saltando varas enteras, de modo que sus orejas
flotaban al viento. La mujer del erizo no se movió de su puesto; cuando la liebre llegó al otro
extremo de la tierra, le gritó el erizo:
-Aquí estoy.
La liebre fuera de sí, dijo:
-Volvamos a empezar, vamos a correr otra vez.
-¿Por qué no? -respondió el erizo-, estoy dispuesto a continuar todo el tiempo que quieras.
La liebre corrió así setenta y tres veces seguidas y el erizo sostuvo la lucha hasta el fin; cada vez
que la liebre llegaba a un extremo u otro del campo, el erizo o su mujer decían siempre.
-Aquí estoy.
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