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Cuentos de los Herm anos Grimm EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL costa rica -¿A pasear? -dijo riendo la liebre-; me parece que necesitarías para ello cambiar de piernas. Esta respuesta disgustó mucho al erizo, pues no se incomodaba mas que cuando se trataba de sus piernas, porque las tenía torcidas de nacimiento. -¿Te imaginas quizá -dijo a la liebre- que tus piernas valen más que las mías? -Lo creo al menos -dijo la liebre. -Eso es lo que está por ver -repuso el erizo-; apuesto a que, si corremos juntos, corro más que tú. -¿Con tus piernas torcidas? Tú te chanceas -dijo la liebre-, pero si quieres apostaremos. ¿Qué vamos a ganar? -Un luis de oro y una botella de aguardiente -dijo el erizo. -Apostado -dijo la liebre-; toca y podemos probarlo en el acto. -No, a nada viene tanta prisa -dijo el erizo-; aún no he tomado nada hoy y quiero ir a mi casa a tomar cualquier cosa. Volveré dentro de media hora. Consintió la liebre y se marchó el erizo. Por el camino se iba diciendo a sí mismo: «La liebre se fía en sus largas piernas, pero yo se la jugaré. Se da mucha importancia, pero es muy tonta y lo pagará.» En cuanto llegó a su casa, dijo el erizo a su mujer: -Mujer, vístete corriendo; es preciso que vengas al campo conmigo. -¿Qué pasa? -dijo su mujer. -He apostado con la liebre un luis de oro y una botella de aguardiente a que corro más que ella y es preciso que seas de la partida. -Pero Dios mío, hombre -dijo la mujer al erizo levantando la cabeza-: ¿estás en tu sentido, has perdido la cabeza? ¿Cómo pretendes luchar en una carrera con la liebre? -Silencio, mujer -dijo el erizo-; no te metas en lo que no te importa. Nunca te mezcles en los negocios de los hombres. Anda, vístete y ven conmigo. ¿Qué había de hacer la mujer del erizo?, tenía que obedecer, con ganas o sin ellas. Cuando salían juntos, dijo el erizo a su mujer: -Pon cuidado en lo que voy a decirte. Vamos a correr por esa tierra grande que ves ahí. La liebre correrá por un surco y nosotros por el otro, partiremos de allá abajo. Tú no tienes más que estar escondida dentro del surco y cuando llegue la liebre cerca de ti, te levantas gritando: «Aquí estoy.» 152