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Cuentos de los Herm anos Grimm EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL costa rica Y en cuanto estuvieron dentro, hizo cerrar con cerrojos todas las puertas por fuera. Después mandó venir a su cocinero y le dio la orden de encender lumbre debajo del cuarto hasta que el piso de hierro se pusiera enteramente rojo. Puso en ejecución la orden y los seis compañeros que estaban a la mesa comenzaron a tener calor; creyeron en un principio que provenía de lo mucho que comían; pero yendo el calor siempre en aumento, quisieron salir, y vieron que las puertas y las ventanas estaban cerradas y que el rey había querido jugarles una mala pasada. -Pero ha cerrado el golpe -dijo el hombre del sombrerillo-, pues voy a hacer venir un frío que hará impotente al calor. Entonces se metió el sombrero hasta los ojos y comenzó a hacer tal frío, que desapareció el calor y se helaron los platos de la mesa. Al cabo de dos horas el rey, creyendo que estaban ya muertos, hizo abrir las puertas y vino a ver por sí mismo lo que les había sucedido. Pero halló a los seis muy frescos y contentos, diciendo que deseaban poder salir para ir a calentarse un poco, porque hacía tal frío en el cuarto, que se les habían helado los platos encima de la mesa. Incomodado el rey, fue a buscar al cocinero y le preguntó por qué no había ejecutado sus órdenes. Pero el cocinero le respondió: -He echado una lumbre capaz de asar una docena de bueyes. Vedlo vos mismo. El rey reconoció en efecto que se había echado una lumbre muy grande debajo del cuarto en que los seis compañeros habían sabido librarse del calor. El rey, deseoso de deshacerse de estos incómodos huéspedes, llamó al soldado y le dijo: -Si quieres ceder los derechos que tienes a la mano de mi hija, te daré todo el oro que desees. -Con mucho gusto, señor -respondió el otro-; dadme únicamente todo el oro que pueda llevar uno de los míos y dejo a la princesa. El rey se puso muy alegre; el soldado le dijo que volvería a buscar su oro dentro de quince días. Entre tanto convocó en el mismo instante a todos los sastres del reino y los alquiló por quince días para hacer un saco. En cuanto estuvo concluido, el Hércules de la banda, el que desarraigaba los árboles con la mano, se lo echó a cuestas y se presentó en palacio. El rey preguntó quién era aquel mozo tan vigoroso que llevaba en las espaldas un fardo de paño tan grande como una casa, y cuando lo supo se asustó pensando en todo el oro que cabía dentro. Hizo traer un tonel que apenas podían hacer rodar seis hombres de los más fuertes, pero el Hércules lo cogió con una mano y echándole en el saco se quejó de que le hubiesen traído tan poco, que no había ni aun para llenar el fondo. El rey hizo traer sucesivamente todo su tesoro, que pasó entero al saco, sin llenar ni la mitad. -Traed más -gritó el Hércules-, dos nueces no bastan para hartar a un hombre. 148