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Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
Convenidos así, el soldado mandó al andarín que se pusiese la segunda pierna y le recomendó
correr sin perder tiempo y no despreciar nada para obtener la victoria. Se había decidido que sería
vencedor el que trajese primero agua de una fuente situada muy lejos de allí.
El andarín y la hija del rey recibieron un cántaro cada uno al mismo tiempo; pero apenas había
dado algunos pasos la princesa, cuando se había perdido de vista el andarín, como si se lo hubiera
llevado el viento. Llegó en seguida a la fuente, llenó su cántaro y se puso en camino. Pero se sintió
cansado en medio del tránsito y poniendo el cántaro en el suelo se echó a dormir un rato; mas tuvo
el cuidado de ponerse debajo de la cabeza un cráneo de caballo que encontró allí cerca para no
tardar en despertar con la dureza de la almohada.
La princesa, que corría tan bien como puede hacerlo una persona en estado natural, llegó a la
fuente y se apresuró a volver después de haber llenado el cántaro.
Encontró al andarín dormido:
-Bueno -se dijo alegremente-, el enemigo está en mis manos.
Vació el cántaro del dormido y continuó su camino.
Todo se había perdido; mas por fortuna, el cazador colocado en lo alto del palacio, vio esta escena
con su perspicaz vista.
-Pues no faltaba más -dijo-, sino que ganara la princesa.
Y disparando su carabina, rompió el cráneo de caballo que servía de almohada al andarín, sin
hacerle daño ninguno.
Despertando el otro sobresaltado, vio que estaba vacío su cántaro y que la princesa le había tomado
ya un gran adelanto. Pero volvió a la fuente sin desanimarse, llenó de nuevo su cántaro y llegó al
término de la carrera diez minutos antes que la princesa.
-Al fin -dijo- he tenido que menear bien las piernas; lo que había hecho antes no era en realidad
correr.
Pero el rey y su hija estaban furiosos de ver que el vencedor era un miserable soldado licenciado;
resolvieron perderle a él y a todos sus compañeros.
El rey dijo a su hija:
-No tengas miedo: he encontrado un buen medio, no se me escaparán.
Después, bajo pretexto de obsequiarles, los hizo entrar en un cuarto cuyo suelo era de hierro, lo
mismo que las puertas y las ventanas.
En medio de la habitación había una mesa con una espléndida comida.
-Entrad -les dijo el rey-; regalaos bien.
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