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Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
Trajeron además setecientos carros cargados de oro de todas las partes del reino y los metió en el
saco con bueyes y todo.
Cuando estuvo todo dentro, aún quedaba lugar, pero dijo:
-Hay que concluir, bien puede uno cerrar su saco antes de que esté lleno.
Y se lo echó a espaldas y fue a reunirse con sus compañeros.
El rey viendo que un solo hombre se llevaba todas las riquezas del reino, se puso muy enfadado y
mandó montar a toda su caballería, con la orden de perseguir a los compañeros y quitarles el saco.
Poco después les alcanzaron dos regimientos que les dijeron:
-Daos prisioneros, entregad el saco y el oro que contiene o morís en el acto.
-¿Qué decís? -respondió el que soplaba-, ¿que somos prisioneros? Antes echaréis todos a volar.
Y tapándose una de las narices se puso a soplar con la otra a los dos regimientos, de modo que
los dispersó acá y allá, por el azul del cielo, por encima de los valles y las montañas. Un antiguo
sargento mayor le pidió gracia, diciendo que tenía nueve cicatrices y que un valiente como él no
merecía ser tratado tan ignominiosamente. El que soplaba se detuvo un poco, de manera que el
sargento cayó sin lesión, pero le dijo:
-Ve a buscar a tu rey y dile que aunque hubiera enviado doble gente contra nosotros, yo los hubiera
hecho bailar a todos en el aire.
Al saber la aventura, dijo el rey:
-Es preciso dejarlos marcharse: los pícaros son hechiceros. Los seis compañeros se llevaron así sus
riquezas, se las repartieron y vivieron felices hasta el fin de sus días.
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