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Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
-¿De qué me sirve la prosperidad y las riquezas, -añadió-, si debo perder a mi hijo?
Mas ¿qué había de hacer?, sus mismos parientes cuando fueron a felicitarle, no le pudieron dar
remedio alguno.
La fortuna volvió, sin embargo, a la casa del molinero; cuanto emprendía le salía siempre bien,
parecía que los baúles y cofres se llenaban por sí mismos y que el dinero se multiplicaba en sus
armarios durante la noche; trascurrido algún tiempo, era mucho más rico que antes. Pero no podía
gozar de su felicidad pues la promesa que había hecho a la ondina destrozaba su corazón. Siempre
que pasaba cerca del estanque temía verla subir a la superficie y recordarle su deuda. No dejaba al
niño acercarse al agua.
-Ten cuidado, -le decía-, si te acercas alguna vez ahí, saldrá una mano que te cogerá y te arrastrará
al fondo.
Sin embargo, como los años pasaban uno tras otro y la ondina no aparecía, comenzó a tranquilizarse
el molinero.
El niño creció y llegó a hombre y le colocaron en casa de un cazador, en cuanto aprendió a cazar
y supo bien la profesión, le recibió a su servicio el señor de la aldea, donde había una hermosa y
honrada joven que agradó al cazador y cuando lo supo su amo, le regaló una casita, donde vivieron
felices y tranquilos amándose de todo corazón.
El cazador perseguía un día un corzo; el animal salió del bosque a la llanura y él le siguió matándole
de un tiro. No había notado que se hallaba cerca del peligroso estanque y en cuanto cogió su presa
fue a lavarse las manos llenas de sangre. Pero apenas las había metido en el agua, cuando salió la
ondina del fondo, le enlazó sonriendo en sus húmedos brazos y le arrastró tras sí con tal prontitud,
que la ola le cubrió enteramente al cerrarse.
Cuando entrada la noche el cazador no volvía a su casa, su mujer sintió gran inquietud; salió a
buscarle y como le había referido algunas veces que tenía que guardarse de las emboscadas de
la ondina y que no se atrevía a aventurarse en las cercanías del estanque, sospechó lo que había
sucedido. Corrió al estanque y cuando vio la escopeta a la orilla no dudó ya de su desgracia: llamó
a su marid