CUENTOS HERMANOS GRIM cuentos_hermanos_grimm_edincr | Seite 138

Cuentos de los Herm anos Grimm EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL costa rica -¿De qué me sirve la prosperidad y las riquezas, -añadió-, si debo perder a mi hijo? Mas ¿qué había de hacer?, sus mismos parientes cuando fueron a felicitarle, no le pudieron dar remedio alguno. La fortuna volvió, sin embargo, a la casa del molinero; cuanto emprendía le salía siempre bien, parecía que los baúles y cofres se llenaban por sí mismos y que el dinero se multiplicaba en sus armarios durante la noche; trascurrido algún tiempo, era mucho más rico que antes. Pero no podía gozar de su felicidad pues la promesa que había hecho a la ondina destrozaba su corazón. Siempre que pasaba cerca del estanque temía verla subir a la superficie y recordarle su deuda. No dejaba al niño acercarse al agua. -Ten cuidado, -le decía-, si te acercas alguna vez ahí, saldrá una mano que te cogerá y te arrastrará al fondo. Sin embargo, como los años pasaban uno tras otro y la ondina no aparecía, comenzó a tranquilizarse el molinero. El niño creció y llegó a hombre y le colocaron en casa de un cazador, en cuanto aprendió a cazar y supo bien la profesión, le recibió a su servicio el señor de la aldea, donde había una hermosa y honrada joven que agradó al cazador y cuando lo supo su amo, le regaló una casita, donde vivieron felices y tranquilos amándose de todo corazón. El cazador perseguía un día un corzo; el animal salió del bosque a la llanura y él le siguió matándole de un tiro. No había notado que se hallaba cerca del peligroso estanque y en cuanto cogió su presa fue a lavarse las manos llenas de sangre. Pero apenas las había metido en el agua, cuando salió la ondina del fondo, le enlazó sonriendo en sus húmedos brazos y le arrastró tras sí con tal prontitud, que la ola le cubrió enteramente al cerrarse. Cuando entrada la noche el cazador no volvía a su casa, su mujer sintió gran inquietud; salió a buscarle y como le había referido algunas veces que tenía que guardarse de las emboscadas de la ondina y que no se atrevía a aventurarse en las cercanías del estanque, sospechó lo que había sucedido. Corrió al estanque y cuando vio la escopeta a la orilla no dudó ya de su desgracia: llamó a su marid