Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
que le hizo una seña con la mayor amabilidad. La pobre mujer despertó en el mismo instante. Era
ya de día y decidió poner en seguida en práctica, lo que su sueño le había aconsejado. Subió la
montaña con gran trabajo y encontró todo lo que había visto la noche anterior; la vieja le recibió
con mucha bondad y le indicó una silla donde sentarse.
-Sin duda has tenido alguna desgracia, -le dijo-, cuando vienes a visitar mi solitaria cabaña.
La mujer le refirió llorando lo que le había pasado.
-Consuélate, -dijo-, yo te socorreré. Toma ese peine de oro; espera hasta que llegue la luna llena,
entonces vas a la orilla del estanque, te sientas y pasas el peine por tus largos cabellos negros.
Cuando hayas concluido, le pones allí al lado y ya verás lo que sucede.
Volvió la mujer a su casa, pero transcurrió mucho tiempo antes de llegar la luna llena; al fin brilló
en el cielo el redondo disco; fue entonces a la orilla del estanque, se sentó y pasó el peine de oro
por sus largos cabellos negros y cuando hubo concluido se sentó junto al agua. Poco después
comenzó a moverse el fondo, se levantó una ola, rodó hacia la orilla y se llevó el peine. Aún no
habría podido tocar al fondo cuando se abrió el espejo del agua y subió a la superficie la cabeza
del cazador; no habló, pero dirigió a su mujer una mirada llena de tristeza. En el mismo instante
se levantó con gran ruido una segunda ola y cubrió la cabeza del cazador. Todo desapareció en
seguida, el estanque quedó tranquilo como anteriormente y la faz de la luna volvió a brillar en él.
La mujer se marchó desesperada, pero se le apareció en sueños la cabaña de la vieja; a la mañana
siguiente se puso en camino y contó su pena a la buena hada. La vieja le dio una flauta de oro y le
dijo:
-Espera hasta la luna llena; entonces, coges esta flauta, te pones a la orilla del estanque, tocas un
rato y cuando hayas concluido la dejas en la arena y verás lo que sucede.
La mujer hizo lo que le había dicho la vieja. Apenas había dejado la flauta en la arena, comenzó a
moverse el fondo del agua, se levantó una ola, se adelantó hacia la orilla y se llevó la flauta. Poco
después se entreabrió el agua y no solo subió a la superficie la cabeza del cazador, sino todo él
hasta la mitad de su cuerpo.
Extendió sus brazos hacia ella con ardoroso amor, pero vino una segunda ola con gran estrépito,
le cubrió y le arrastró al fondo.
-¡Ah!, -dijo la desgraciada mujer-, ¿de qué me sirve ver a mi amado para perderle enseguida?
Llenose de nuevo su corazón de tristeza, pero un sueño le indicó por tercera vez la cabaña de la
anciana. Se puso en camino y el hada le dio una rueca de oro, la consoló y le dijo:
-Todavía hay esperanza: aguarda hasta que llegue la luna llena; entonces tomas la rueca, te colocas
en la orilla e hilas hasta que hayas llenado el uso; cuando concluyas coloca la rueca junto al agua
y verás lo que sucede.
139