Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
Se incomodó entonces y sacando de su cajón un pedazo de paño:
-Esperad, -exclamó-, yo os arreglaré-, y les dio sin piedad.
Después del primer golpe, contó las muertas y no había nada menos que siete, que estaban con las
patas extendidas.
-¡Diablos!, -se dijo admirado de su valor-, parece que soy un valiente; es necesario que lo sepa
toda la ciudad.
Y en su entusiasmo se hizo un cinturón y bordó encima con letras muy gordas: «Mató siete de un
cachete.»
-Pero la ciudad es muy pequeña, -añadió en seguida-; debe saberlo el mundo entero.
El corazón le saltaba de alegría dentro del pecho, como la cola de un corderillo.
Se puso su cinturón y resolvió recorrer el mundo, pues su tienda le pareció desde entonces un
teatro muy pequeño para su valor.
Antes de salir de su casa buscó por toda ella lo que había de llevar, pero no encontró más que un
queso rancio que se metió en el bolsillo. Delante de la puerta había un pájaro en su jaula, que se
metió en el bolsillo con el queso.
Después emprendió valerosamente su camino y como era listo y activo, anduvo una semana.
Pasó por una montaña, en cuya cumbre había un enorme gigante que miraba tranquilamente a los
pasajeros. El sastrecillo se fue derecho a él y le dijo:
-Buenos días, compañero; ¿qué haces ahí sentado? ¿Estás mirando cómo se mueve el mundo a tus
pies? Yo me he puesto en camino en busca de aventuras; ¿quieres venir conmigo?
El gigante le contestó con aire de desprecio:
-¡Bribonzuelo, sietemesino!
-¿Cómo te atreves a decirme eso?, -exclamó el sastre.
Y desabotonándose el chaleco, le enseñó el cinturón diciendo:
-Lee aquí y verás qué clase de hombre soy.
El gigante leyó, «siete de un cachete», se imaginó que eran hombres lo que había muerto el sastre
y miró con un poco más de respeto a su débil interlocutor. Sin embargo, para experimentarle cogió
un guijarro en la mano y le apretó con tal fuerza que rezumaba agua.
-Ahora, -le dijo-, haz lo que yo, si tienes tanta fuerza.
-¿No es más que eso?, -dijo el sastre-, pues eso es un juego de niños para mí.
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