CUADERNOS DE BDSM - nº 22
-Y los guantes, ¿para qué son?
-Para darte un masaje anal-. Él abrió los ojos, asustado. Se apresuró a seguir, para
tranquilizarlo-. Luego vamos a follar, largo y tendido, y tú no te vas a correr hasta que yo te lo
permita. ¡Verás lo que vas a disfrutar!
Deseó poder estar tan segura como sonaba.
-¿No me vas a dejar que te toque?
-Si te portas bien y te dejas hacer lo que te he dicho, podrás tocarme todo lo que quieras
mientras follamos. Ahora estate quietecito. Nada de empujones, ¿eh?, o te ato las manos y te
vuelvo a zurrar.
-No me moveré, te lo prometo-. Metió las manos bajo la nuca para que viera que era
verdad.
Los testículos se le habían apretado contra el cuerpo. Tuvo que estar un rato estirándole
y masajeándole el escroto para ablandárselo. Lo rodeó con varias vueltas de cuerda, dejándole
los huevos apretados al extremo de un largo pedúnculo de piel.
-¿Ves como no duele?
Marcos se incorporó para examinar su faena
-Me da un poco de miedo. ¿Estás segura de que no me va a pasar nada malo?
-Lo único que te va a pasar es que no te vas a poder correr hasta que te quite la cuerda.
-¿Entonces, para qué me vas a… hacerme lo otro?
-Porque te va a poner en el estado de ánimo en el que yo te quiero. Y además te va a
gustar, ya lo verás.
-Creo que me voy a morir de vergüenza.
Cecilia le sonrió. Sabía perfectamente cómo se sentía. Se tumbó sobre él y lo besó en
los labios con ternura.
-Es lo normal -le susurró, acariciándole la cara y mirándolo a los ojos-. Pero no voy a
dejar que me folles si antes no te follo yo a ti. Ya sé tus secretos. Te gustó que te pegara, ¿a que
sí? Pues esto aún te va a gustar más. Voy a ser tu maestra, la que te va a descubrir todos los
misterios de tu cuerpo. Tendrás que compartir todas tus intimidades conmigo. Y si te da
vergüenza, pues peor para ti.
Él asintió levemente.
Cecilia le desabotonó la camisa con gestos juguetones. Se la abrió y le acarició los
pezones hasta que se le pusieron duros. A continuación se arrodilló a su lado, se puso un guante
en la mano derecha y se untó el dedo índice con lubricante.
-Vuélvete -le ordenó.
Marcos gimió como un crío cuando se sintió penetrado. Su cuerpo se tensó. Cecilia le
dio un par de azotes con la mano izquierda, al tiempo que se abría camino más profundamente
con la derecha. Él pareció resignarse, pero su respiración seguía siendo agitada. Le costó un
buen rato alcanzar el bulto redondo que Johnny le había enseñado que era la próstata. Se la
empezó a masajear.
-¿Qué, te gusta esto?
-Me hace sentirme muy raro. Me dan ganas de mear.
Eso no era lo que se esperaba. Recordó que Johnny le había dicho que el tío tenía que
estar excitado para que diera resultado.
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