Crisis Civilizatoria | Page 43

Género, seguridad alimentaria y cambio climático milagros con medio kilo de carne (Cherán, Michoacán). El dinero no alcanza y es causa de desnutrición. La pérdida de cultivos nos obliga a comprar todo. Aumentan las deudas y los empeños con prestamistas abusivos, algunos son tan usureros que cobran el 20% mensual (Cárdenas, Tabasco). Al cosechar vendemos el cuartillo de maíz en 3 pesos y cuando se acaba la reserva tenemos que comprarlo a 10 ó 15 pesos (Apaseo El Alto, Guanajuato). De acuerdo con Blanca Suárez (2011), la situación actual de las mujeres rurales se caracteriza por la marginación y la heterogeneidad, lo que convoca a reconocer que entre ellas hay diferencias en calidad de vida y acceso a recursos, sobre todo si se compara la situación de indígenas (tendencialmente más desfavorecidas) y no indígenas. La pluriactividad campesina atañe a varones y mujeres, pero ellas participan simultáneamente en una gama cada vez más amplia de actividades generadoras de ingresos. Situación que, aunada a ingresos precarios, alimentación deficiente, a un uso cada vez más intensivo del tiempo y a la exposición a un ambiente contaminado, redunda en baja calidad de vida y deterioro paulatino de la salud, que afecta de forma más visible a las niñas pequeñas, a las mujeres embarazadas y a las ancianas (Suárez, et al., 2011). En este tiempo de profundos cambios y de nuevas ruralidades, la ruina campesina y el éxodo masivo han feminizado y envejecido al campo. La feminización de lo rural no sólo significa que hay más mujeres que varones, sino que ellas siguen siendo las principales responsables del trabajo doméstico y de la alimentación diaria, al mismo tiempo que asumen nuevos roles, como ser jefas de familia, agricultoras en la parcela, asalariadas o jornaleras, migrantes, representantes políticas. La división sexual del trabajo y de las responsabilidades familiares y comunitarias indican cambios cualitativos en las relaciones y posiciones de género y propician la emergencia de nuevas identidades femeninas y masculinas. Para las mujeres, estos cambios están significando dobles y triples jornadas de trabajo, en varios sentidos hay mayor desigualdad de género, pero el proceso no es homogéneo y a la vez se abren algunas posibilidades de crecimiento personal y de reposicionamiento social para ellas (Espinosa, 2011). Los testimonios aquí vertidos permiten identificar distintos planos en los que las mujeres perciben la relación entre cambio climático y alimentación: pérdida de cosechas, de semillas criollas, de alimentos de recolección, del trabajo, la inversión agrícola y la vivienda; más plagas y mayor costo de los cultivos; más enfermedades de las especies menores y menos alimentos; carestía, escasez y especulación en situaciones de desastre; “jaloneo” del gasto familiar entre alimentos, agua y medicamentos en caso de desastres ambientales; menor cantidad y calidad en la producción alimentaria; altos precios de mercado; 41