Género, seguridad alimentaria y cambio climático
milagros con medio kilo de carne (Cherán, Michoacán). El
dinero no alcanza y es causa de desnutrición. La pérdida de
cultivos nos obliga a comprar todo. Aumentan las deudas
y los empeños con prestamistas abusivos, algunos son tan
usureros que cobran el 20% mensual (Cárdenas, Tabasco).
Al cosechar vendemos el cuartillo de maíz en 3 pesos y
cuando se acaba la reserva tenemos que comprarlo a 10 ó
15 pesos (Apaseo El Alto, Guanajuato).
De acuerdo con Blanca Suárez (2011), la situación actual de las mujeres
rurales se caracteriza por la marginación y la heterogeneidad, lo que convoca a
reconocer que entre ellas hay diferencias en calidad de vida y acceso a recursos,
sobre todo si se compara la situación de indígenas (tendencialmente más
desfavorecidas) y no indígenas. La pluriactividad campesina atañe a varones
y mujeres, pero ellas participan simultáneamente en una gama cada vez más
amplia de actividades generadoras de ingresos. Situación que, aunada a ingresos
precarios, alimentación deficiente, a un uso cada vez más intensivo del tiempo
y a la exposición a un ambiente contaminado, redunda en baja calidad de vida
y deterioro paulatino de la salud, que afecta de forma más visible a las niñas
pequeñas, a las mujeres embarazadas y a las ancianas (Suárez, et al., 2011).
En este tiempo de profundos cambios y de nuevas ruralidades, la ruina
campesina y el éxodo masivo han feminizado y envejecido al campo. La
feminización de lo rural no sólo significa que hay más mujeres que varones,
sino que ellas siguen siendo las principales responsables del trabajo doméstico y
de la alimentación diaria, al mismo tiempo que asumen nuevos roles, como ser
jefas de familia, agricultoras en la parcela, asalariadas o jornaleras, migrantes,
representantes políticas. La división sexual del trabajo y de las responsabilidades
familiares y comunitarias indican cambios cualitativos en las relaciones y
posiciones de género y propician la emergencia de nuevas identidades femeninas
y masculinas. Para las mujeres, estos cambios están significando dobles y triples
jornadas de trabajo, en varios sentidos hay mayor desigualdad de género,
pero el proceso no es homogéneo y a la vez se abren algunas posibilidades de
crecimiento personal y de reposicionamiento social para ellas (Espinosa, 2011).
Los testimonios aquí vertidos permiten identificar distintos planos en los
que las mujeres perciben la relación entre cambio climático y alimentación:
pérdida de cosechas, de semillas criollas, de alimentos de recolección, del
trabajo, la inversión agrícola y la vivienda; más plagas y mayor costo de los
cultivos; más enfermedades de las especies menores y menos alimentos; carestía,
escasez y especulación en situaciones de desastre; “jaloneo” del gasto familiar
entre alimentos, agua y medicamentos en caso de desastres ambientales; menor
cantidad y calidad en la producción alimentaria; altos precios de mercado;
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