Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
todo el mundo sólo tenían que salvarse algunos elegidos, unos
cuantos hombres puros, destinados a formar una nueva raza
humana, a renovar y purificar la vida humana. Pero nadie había
visto a estos hombres, nadie había oído sus palabras, ni siquiera
el sonido de su voz.
Raskolnikof estaba amargado, pues no lograba librarse de la
penosa impresión que le había causado aquel sueño absurdo. Era
ya la segunda semana de pascua. Los días eran tibios, claros,
verdaderamente primaverales. Se abrieron las ventanas del
hospital, todas enrejadas y bajo las cuales iba y venía un
centinela. Durante toda la enfermedad de Rodia, Sonia sólo le
había podido ver dos veces, pues se necesitaba para ello una
autorización sumamente difícil de obtener. Pero había ido muchos
días, sobre todo al atardecer, al patio del hospital para verlo
desde lejos, un momento y a través de las rejas.
Una tarde, cuando ya estaba casi curado, Raskolnikof se durmió.
Al despertar se acercó distraídamente a la ventana y vio a Sonia
de pie junto al portal. Parecía esperar algo. Raskolnikof se
estremeció: había sentido una dolorosa punzada en el corazón. Se
apartó a toda prisa de la ventana. Al día siguiente Sonia no
apareció; al otro, tampoco. Rodia se dio cuenta de que la
esperaba ansiosamente. Al fin dejó el hospital. Ya en el presidio,
sus compañeros le informaron de que Sonia Simonovna estaba
enferma. Profundamente inquieto, Raskolnikof envió a preguntar
por ella. En seguida supo que su enfermedad no tenía
importancia. Sonia, al saber que su estado preocupaba a Rodia, le
escribió una carta con lápiz para decirle que estaba mucho mejor
y que sólo padecía un enfriamiento. Además, le prometía ir a verlo
lo antes posible al lugar donde trabajaba. El corazón de
Raskolnikof empezó a latir con violencia.
Era un día cálido y hermoso. A las seis de la mañana, Rodia se
dirigió al trabajo: a un horno para cocer alabastro que habían
instalado a la orilla del río, en un cobertizo. Sólo tres hombres
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