Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
trabajaban en este horno. Uno de ellos se fue a la fortaleza,
acompañado de un guardián, en busca de una herramienta; otro
estaba encendiendo el horno. Raskolnikof salió del cobertizo, se
sentó en un montón de maderas que había en la orilla y se quedó
mirando el río ancho y desierto. Desde la alta ribera se abarcaba
con la vista una gran extensión del país. En un punto lejano de la
orilla opuesta, alguien cantaba y su canción llegaba a oídos del
preso. Allí, en la estepa infinita inundada de sol, se alzaban aquí y
allá, como puntos negros apenas perceptibles, las tiendas de
campaña de los nómadas. Allí reinaba la libertad, allí vivían
hombres que no se parecían en nada a los del presidio. Se tenía la
impresión de que el tiempo se había detenido en la época de
Abraham y sus rebaños. Raskolnikof contemplaba el lejano cuadro
con los ojos fijos y sin hacer el menor movimiento. No pensaba en
nada: dejaba correr la imaginación y miraba. Pero, al mismo
tiempo, experimentaba una vaga inquietud.
De pronto vio a Sonia a su lado. Se había acercado en silencio y
se había sentado junto a él. Era todavía temprano y el fresco
matinal se dejaba sentir. Sonia llevaba su vieja y raída capa y su
chal verde. Su cara, delgada y pálida, conservaba las huellas de
su enfermedad. Sonrió al preso con expresión amable y feliz y,
como de costumbre, le tendió tímidamente la mano.
Siempre hacía este movimiento con timidez. A veces, incluso se
abstenía de hacerlo, por temor a que él rechazara su mano, pues
le parecía que Rodia la tomaba a la fuerza. En algunas de sus
visitas incluso daba muestras de enojo y no abría la boca mientras
ella estaba a su lado. Había días en que la joven temblaba ante su
amigo y se separaba de él profundamente afligida. Esta vez, por
el contrario, sus manos permanecieron largo rato enlazadas. Rodia
dirigió a Sonia una rápida mirada y bajó los ojos sin pronunciar
palabra. Estaban solos. Nadie podía verlos. El guardián se había
alejado. De súbito, sin darse cuenta de lo que hacía y como
impulsado por una fuerza misteriosa Raskolnikof se arrojó a los
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