Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
guardián se interpuso a tiempo. Si hubiese tardado un minuto en
intervenir, habría corrido la sangre.
Había otra cuestión que no conseguía resolver. ¿Por qué
estimaban todos tanto a Sonia? Ella no hacía nada para atraerse
sus simpatías. Los penados sólo la podían ver de tarde en tarde en
los astilleros o en los talleres adonde iba a reunirse con
Raskolnikof. Sin embargo, todos la conocían y todos sabían que
Sonetchka le había seguido al penal. Estaban al corriente de su
vida y conocían su dirección. Ella no les daba dinero ni les
prestaba ningún servicio. Solamente una vez, en Navidad, hizo un
regalo a todos los presos: pasteles y panes rusos.
Pero, insensiblemente, las relaciones entre ellos y Sonia fueron
estrechándose. La muchacha escribía cartas a los presos para sus
familias y después las echaba al correo. Cuando los deudos de los
reclusos iban a la ciudad para verlos, ellos les indicaban que
enviaran a Sonia los paquetes e incluso el dinero que quisieran
remitirles. Las esposas y las amantes de los presidiarios la
conocían y la visitaban. Cuando Sonia iba a ver a Raskolnikof a los
lugares donde trabajaba con sus compañeros, o cuando se
encontraba con un grupo de penados que iba camino del lugar de
trabajo, todos se quitaban el gorro y la saludaban.
-Querida Sonia Simonovna, tú eres nuestra tierna y protectora
madrecita -decían aquellos presidiarios, aquellos hombres
groseros y duros a la frágil mujercita.
Ella contestaba sonriendo y a ellos les encantaba esta sonrisa.
Adoraban incluso su manera de andar. Cuando se marchaba, se
volvían para seguirla con la vista y se deshacían en alabanzas.
Alababan hasta la pequeñez de su figura. Ya no sabían qué elogios
dirigirle. Incluso la consultaban cuando estaban enfermos.
Raskolnikof pasó en el hospital el final de la cuaresma y la
primera semana de pascua. Al recobrar la salud se acordó de las
visiones que había tenido durante el delirio de la fiebre. Creyó ver
el mundo entero asolado por una epidemia espantosa y sin
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