Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
llamó la atención fue el abismo espantoso, infranqueable, que se
abría entre él y aquellos hombres. Era como si él perteneciese a
una raza y ellos a otra. Unos y otros se miraban con hostil
desconfianza. Él conocía y comprendía las causas generales de
este fenómeno, pero jamás había podido imaginarse que tuviesen
tanta fuerza y profundidad. En el penal había políticos polacos
condenados al exilio en Siberia. Éstos consideraban a los
criminales comunes como unos ignorantes, unos brutos, y los
despreciaban. Raskolnikof no compartía este punto de vista. Veía
claramente que, en muchos aspectos, aquellos brutos eran más
inteligentes que los polacos. También había rusos (un oficial y
varios seminaristas) que miraban con desdén a la plebe del penal,
y Raskolnikof los consideraba igualmente equivocados.
A él nadie le quería: todos se apartaban de su lado. Acabaron por
odiarle. ¿Por qué? lo ignoraba. Le despreciaban y se burlaban de
él. Igualmente se mofaban de su crimen condenados que habían
cometido otros crímenes más graves.
-Tú eres un señorito -le decían-. Eso de asesinar a hachazos no
se ha hecho para ti.
-No son cosas para la gente bien.
La segunda semana de cuaresma le correspondió celebrar la
pascua con los presos de su departamento. Fue a la iglesia y
asistió al oficio con sus compañeros. Un día, sin que se supiera
por qué, se produjo un altercado entre él y los demás presos.
Todos se arrojaron sobre él furiosamente.
-Tú eres un ateo; tú no crees en Dios -le gritaban-. Mereces que
te maten.
Él no les había hablado de Dios ni de religión jamás. Sin
embargo, querían matarlo por infiel. Rodia no contestó. Uno de los
reclusos, ciego de cólera, se fue hacia él, dispuesto a atacarlo.
Raskolnikof le esperó en silencio, con una calma absoluta, sin
parpadear, sin que ni un solo músculo de su cara se moviera. Un
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