Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
miraba con una expresión de extravío. Raskolnikof se detuvo ante
ella. Una sombra de sufrimiento y desesperación pasó por el
semblante de la joven. Enlazó las manos, y una sonrisa que no fue
más que una mueca le torció los labios. Rodia permaneció un
instante inmóvil. Luego sonrió amargamente y volvió a subir a la
comisaría.
Ilia Petrovitch, sentado a su mesa, hojeaba un montón de
papeles. El mujik que acababa de tropezar con Raskolnikof estaba
de pie ante él.
-¿Usted otra vez? ¿Se le ha olvidado algo? ¿Qué le pasa?
Con los labios amoratados y la mirada inmóvil, Raskolnikof se
acercó lentamente a la mesa de Ilia Petrovitch, apoyó la mano en
ella e intentó hablar, pero ni una sola palabra salió de sus labios:
sólo pudo proferir sonidos inarticulados.
-¿Se siente usted mal? ¡Una silla! Siéntese. ¡Traigan agua!
Raskolnikof se dejó caer en la silla sin apartar los ojos del rostro
de Ilia Petrovitch, donde se leía una profunda sorpresa. Durante
un minuto, los dos se miraron en silencio. Trajeron agua.
-Fui yo... -empezó a decir Raskolnikof.
-Beba.
El joven rechazó el vaso y, en voz baja y entrecortada, pero con
toda claridad, hizo la siguiente declaración:
-Fui yo quien asesinó a hachazos, para robarles, a la vieja
prestamista y a su hermana Lisbeth.
Ilia Petrovitch abrió la boca. Acudió gente de todas partes.
Raskolnikof repitió su confesión.
EPÍLOGO
I
Ln Siberia. O orillas de un ancho río que discurre por tierras
desiertas hay una ciudad, uno de los centros administrativos de
StudioCreativo ¡Puro Arte!
Página 645