Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
Rusia. La ciudad contiene una fortaleza, y la fortaleza, una prisión.
En este presidio está desde hace nueve meses el condenado a
trabajos forzados de la segunda categoría Rodion Raskolnikof.
Cerca de año y medio ha transcurrido desde el día en que cometió
su crimen. La instrucción de su proceso no tropezó con
dificultades. El culpable repitió su confesión con tanta energía
como claridad, sin embrollar las circunstancias, sin suavizar el
horror de su perverso acto, sin alterar la verdad de los hechos, sin
olvidar el menor incidente. Relató con todo detalle el asesinato y
aclaró el misterio del objeto encontrado en las manos de la vieja,
que era, como se recordará, un trocito de madera unido a otro de
hierro. Explicó cómo había cogido las llaves del bolsillo de la
muerta y describió minuciosamente tanto el cofre al que las llaves
se adaptaban como su contenido.
Incluso enumeró algunos de los objetos que había encontrado en
el cofre. Explicó la muerte de Lisbeth, que había sido hasta
entonces un enigma. Refirió cómo Koch, seguido muy pronto por
el estudiante, había golpeado la puerta y repitió palabra por
palabra la conversación que ambos sostuvieron.
Después él se había lanzado escaleras abajo; había oído las
voces de Mikolka y Mitri y se había escondido en el departamento
desalquilado.
Finalmente habló de la piedra bajo la cual había escondido (y
fueron encontrados) los objetos y la bolsa robados a la vieja,
indicando que tal piedra estaba cerca de la entrada de un patio del
bulevar Vosnesensky.
En una palabra, aclaró todos los puntos. Varias cosas
sorprendieron a los magistrados y jueces instructores, pero lo que
más les extrañó fue que el culpable hubiera escondido su botín sin
sacar provecho de él, y más aún, que no solamente no se
acordara de los objetos que había robado, sino que ni siquiera
pudiera precisar su numero.
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