Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
de ciudadano. En cambio, él ¿qué es? Permítame que se lo
pregunte. Me dirijo a usted como a un hombre ennoblecido por la
educación. ¿Y qué me dice de las comadronas?. También se han
multiplicado de un modo exorbitante...
Raskolnikof arqueó las cejas y miró al oficial con una expresión
de desconcierto. La mayoría de las palabras de aquel hombre, que
evidentemente acababa de levantarse de la mesa, carecían para él
de sentido. Sin embargo, comprendió parte de ellas y observaba a
su interlocutor con una interrogación muda en los ojos,
preguntándose adónde le quería llevar.
-Me refiero a esas muchachas de cabellos cortos -continuó el
inagotable Ilia Petrovitch-. Las llamo a todas comadronas y
considero que el nombre les cuadra admirablemente. ¡Je, je! Se
introducen en la escuela de Medicina y estudian anatomía. Pero le
aseguro que si caigo enfermo, no me dejaré curar por ninguna de
ellas. ¡Je, je!
Ilia Petrovitch se reía, encantado de su ingenio.
-Admito que todo eso es solamente sed de instrucción; pero ¿por
qué entregarse a ciertos excesos? ¿Por qué insultar a las personas
de elevada posición, como hace ese tunante de Zamiotof? ¿Por
qué me ha ofendido a mí, pregunto yo...? Otra epidemia que hace
espantosos estragos es la del suicidio. Se comen hasta el último
céntimo que tienen y después se matan. Muchachas, hombres
jóvenes, viejos, se quitan la vida. Por cierto que acabamos de
enterarnos de que un señor que llegó hace poco de provincias se
ha suicidado. Nil Pavlovitch, ¡eh, Nil Pavlovitch! ¿Cómo se llama
ese caballero que se ha levantado la tapa de los sesos esta
mañana?
-Svidrigailof -respondió una voz ronca e indiferente desde la
habitación vecina.
Raskolnikof se estremeció.
-¿Svidrigailof? ¿Se ha matado Svidrigailof?--exclamó.
-¿Cómo? ¿Le conocía usted?
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