Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
Pensó de pronto en Ilia Petrovitch, el «teniente Pólvora».
«Pero ¿es que sólo con él puedo hablar? ¿Acaso no podría
dirigirme a otro, a Nikodim Fomitch, por ejemplo? ¿Y si volviera
atrás y fuese a visitar al comisario de policía en su domicilio?
Entonces la escena se desarrollaría de un modo menos oficial y
menos... No, no; me enfrentaré con el "teniente Pólvora". Puesto
que hay que beberse la copa, me la beberé de una vez.»
Y presa de un frío de muerte, con movimientos casi
inconscientes, Raskolnikof abrió la puerta de la comisaría.
Esta vez sólo vio en la antecámara un ordenanza y un hombre
del pueblo. Ni siquiera apareció el gendarme de guardia.
Raskolnikof pasó a la pieza inmediata.
«A lo mejor, no puedo decir nada todavía», pensó.
Un empleado que vestía de paisano y no el uniforme
reglamentario escribía inclinado sobre su mesa. Zamiotof no
estaba. El comisario, tampoco.
-¿No hay nadie? -preguntó al escribiente.
-¿A quién quiere ver?
En esto se dejó oír una voz conocida.
-No necesito oídos ni ojos: cuando llega un ruso, percibo por
instinto su presencia..., como dice el cuento. Encantado de verle.
Raskolnikof empezó a temblar. El «teniente Pólvora» estaba ante
él. Había salido de pronto de la tercera habitación.
« Es el destino -pensó Raskolnikof-. ¿Qué hace este hombre
aquí?»
-¿Viene usted a vernos? ¿Con qué objeto?
Parecía estar de excelente humor y bastante animado.
-Si ha venido usted por algún asunto del despacho -continuó-, es
demasiado temprano. Yo estoy aquí por casualidad... Dígame:
¿puedo serle útil en algo? Le aseguro, señor... ¡Caramba no me
acuerdo del apellido! Perdóneme...
-Raskolnikof.
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