Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
-Hoy en día es imposible distinguir a los nobles de los que no lo
son.
Estos comentarios detuvieron en los labios de Raskolnikof las
palabras «Soy un asesino» que se disponía a pronunciar. Sin
embargo, soportó con gran calma las burlas de la multitud, se
levantó y, sin volverse, echó a andar hacia la comisaría.
Pronto apareció alguien en su camino. No se asombró, porque lo
esperaba. En el momento en que se había arrodillado por segunda
vez en la plaza del Mercado había visto a Sonia a su izquierda, a
unos cincuenta pasos. Trataba de pasar inadvertida para él,
ocultándose tras una de las barracas de madera que había en la
plaza. Comprendió que quería acompañarle mientras subía su
Calvario.
En este momento se hizo la luz en la mente de Raskolnikof.
Comprendió que Sonia le pertenecía para siempre y que le
seguiría a todas partes, aunque su destino le condujera al fin del
mundo. Este convencimiento le trastornó, pero en seguida advirtió
que había llegado al término fatal de su camino.
Entró en el patio con paso firme. Las oficinas de la comisaría
estaban en el tercer piso.
«El tiempo que tarde en subir me pertenece», se dijo.
El minuto fatídico le parecía lejano. Aún tendría tiempo de
pensarlo bien.
Encontró la escalera como la vez anterior: cubierta de basuras y
llena de los olores infectos que salían de las cocinas cuyas puertas
se abrían sobre los rellanos. Raskolnikof no había vuelto a la
comisaría desde su primera visita. Sus piernas se negaban a
obedecerle y le impedían avanzar. Se detuvo un momento para
tomar aliento, recobrarse y entrar como un hombre.
«Pero ¿por qué he de preocuparme del modo de entrar? -se
preguntó de pronto-. De todas formas, he de apurar la copa. ¿Qué
importa, pues, el modo de bebérmela? Cuanto más amargue el
contenido, más mérito tendrá mi sacrificio.»
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