Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
cosa por estar solo, pero, al mismo tiempo, se daba cuenta de que
no podría soportar la soledad un solo instante. En medio de la
multitud, un borracho se entregaba a las mayores extravagancias:
intentaba bailar, pero lo único que conseguía era caer. Los
curiosos le habían rodeado. Raskolnikof se abrió paso entre ellos y
llegó a la primera fila. Estuvo contemplando un momento al
borracho y, de pronto, se echó a reír convulsivamente. Poco
después se olvidó de todo. Estuvo aún un momento mirando al
hombre bebido y luego se alejó del grupo sin darse cuenta del
lugar donde se hallaba. Pero, al llegar al centro de la plaza, le
asaltó una sensación que se apoderó de todo su ser.
Acababa de acordarse de estas palabras de Sonia: « Ve a la
primera esquina, saluda a la gente, besa la tierra que has
mancillado con tu crimen y di en voz alta, para que todo el mundo
te oiga: "¡Soy un asesino!"
Ante este recuerdo empezó a temblar de pies a cabeza. Estaba
tan aniquilado por las inquietudes de los días últimos y, sobre
todo, de las últimas horas, que se abandonó ávidamente a la
esperanza de una sensación nueva, fuer FR