Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
Hizo varias veces la señal de la cruz. Sonia cogió su chal y se
envolvió con él la cabeza. Era un chal de paño verde,
seguramente el mismo del que hablara Marmeladof en cierta
ocasión y que servía para toda la familia. Raskolnikof pensó en
ello, pero no hizo pregunta alguna. Empezaba a sentirse incapaz
de fijar su atención. Una turbación creciente le dominaba, y, al
advertirlo, sintió una profunda inquietud. De pronto observó,
sorprendido, que Sonia se disponía a acompañarle.
-¿Qué haces? ¿Adónde vas? No, no; quédate; iré solo -dijo,
irritado, mientras se dirigía a la puerta-. No necesito
acompañamiento -gruñó al cruzar el umbral.
Sonia permaneció inmóvil en medio de la habitación. Rodia ni
siquiera le había dicho adiós: se había olvidado de ella. Un
sentimiento de duda y de rebeldía llenaba su corazón.
«¿Debo hacerlo? -se preguntó mientras bajaba la escalera-. ¿No
seria preferible volver atrás, arreglar las cosas de otro modo y no
ir a entregarme?
Pero continuó su camino, y de pronto comprendió que la hora de
las vacilaciones había pasado.
Ya en la calle, se acordó de que no había dicho adiós a Sonia y
de que la joven, con el chal en la cabeza, habia quedado clavada
en el suelo al oír su grito de furor... Este pensamiento lo detuvo
un instante, pero pronto surgió con toda claridad en su mente una
idea que parecía haber estado rondando vagamente su cerebro en
espera de aquel momento para manifestarse.
«¿Para qué he ido a su casa? Le he dicho que iba por un asunto.
Pero ¿qué asunto? No tengo ninguno. ¿Para anunciarle que iba a
presentarme? ¡Como si esto fuera necesario! ¿Será que la amo?
No puede ser, puesto que acabo de rechazarla como a un perro.
¿Acaso tenía yo alguna necesidad de la cruz? ¡Qué bajo he caído!
Lo que yo necesitaba eran sus lágrimas, lo que quería era
recrearme ante la expresión de terror de su rostro y las torturas
de su desgarrado corazón. Además, deseaba aferrarme a
StudioCreativo ¡Puro Arte!
Página 636