Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
Raskolnikof estaba fuera de sí. No podía permanecer quieto un
momento ni fijar su pensamiento en ninguna idea. Su mente
pasaba de una cosa a otra en repentinos saltos. Empezaba a
desvariar y sus manos temblaban ligeramente.
Sonia, sin desplegar los labios, sacó de un cajón dos cruces, una
de madera de ciprés y la otra de cobre. Luego se santiguó,
bendijo a Rodia y le colgó del cuello la cruz de madera.
-En resumidas cuentas, esto significa que acabo de cargar con
una cruz. ¡Je, je! Como si fuera poco lo que he sufrido hasta
hoy... Una cruz de madera, es decir, la cruz de los pobres. La de
cobre, que perteneció a Lisbeth, te la quedas para ti. Déjame
verla. Lisbeth debía de llevarla en aquel momento. ¿Verdad que la
llevaba? Recuerdo otros dos objetos: una cruz de plata y una
pequeña imagen. Las arrojé sobre el pecho de la vieja. Eso es lo
que debía llevar ahora en mi cuello... Pero no digo más que
tonterías y me olvido de las cosas importantes. ¡Estoy tan
distraído! Oye, Sonia, he venido sólo para prevenirte, para que lo
sepas todo... Para eso y nada más... Pero no, creo que quería
decirte algo más... Tú misma has querido que diera este paso.
Ahora me meterán en la cárcel y tu deseo se habrá cumplido...
Pero ¿por qué lloras? ¡Bueno, basta ya! ¡Qué enojoso es todo
esto!
Sin embargo, las lágrimas de Sonia le habían conmovido; sentía
una fuerte presión en el pecho.
«Pero ¿qué razón hay para que esté tan apenada? -pensó-. ¿Qué
soy yo para ella? ¿Por qué