Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
«¿Es posible que se resigne a vivir sólo por cobardía, por temor a
la muerte?», se preguntó de pie junto a la ventana y mirando
tristemente al exterior.
Sólo veía la gran pared, ni siquiera blanqueada, de la casa de
enfrente. Al fin, cuando ya no abrigaba la menor duda acerca de
la muerte del desgraciado, éste apareció.
Un grito de alegría se escapó del pecho de Sonia, pero cuando
hubo observado atentamente la cara de Raskolnikof, la joven
palideció.
-Aquí me tienes, Sonia -dijo Rodion Romanovitch con una sonrisa
de burla-. Vengo en busca de tus cruces. Tú misma me enviaste a
confesar mi delito públicamente por las esquinas. ¿Por qué tienes
miedo ahora?
Sonia le miraba con un gesto de estupor. Su acento le parecía
extraño. Un estremecimiento glacial le recorrió todo el cuerpo.
Pero en seguida advirtió que aquel tono, e incluso las mismas
palabras, era una ficción de Rodia. Además, Raskolnikof, mientras
le hablaba, evitaba que sus ojos se encontraran con los de ella.
-He pensado, Sonia, que, en interés mío, debo obrar así, pues
hay una circunstancia que... Pero esto sería demasiado largo de
contar, demasiado largo y, además, inútil. Pero me ocurre una
cosa: me irrita pensar que dentro de unos instantes todos esos
brutos me rodearán, fijarán sus ojos en mí y me harán una serie
de preguntas necias a las que tendré que contestar. Me apuntarán
con el dedo... No iré a ver a Porfirio. Lo tengo atragantado.
Prefiero presentarme a mi amigo el «teniente Pólvora». Se
quedará boquiabierto. Será un golpe teatral. Pero necesitaré
serenarme: estoy demasiado nervioso en estos últimos tiempos.
Aunque te parezca mentira, acabo de levantar el puño a mi
hermana porque se ha vuelto para verme por última vez. Es una
vergüenza sentirse tan vil. He caído muy bajo... Bueno, ¿dónde
están esas cruces?
StudioCreativo ¡Puro Arte!
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