Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
Porfirio Petrovitch estuvo un momento sumido en profundas
reflexiones. Después, con un violento ademán, ordenó a los
curiosos que se marcharan. Éstos obedecieron en el acto y la
puerta se cerró tras ellos. Entonces, Porfirio dirigió una mirada a
Raskolnikof, que permanecía de pie en un rincón y que observaba
a Nicolás petrificado de asombro. El juez de instrucción dio un
paso hacia él, pero, como cambiando de idea, se detuvo,
mirándole. Después volvió los ojos hacia Nicolás, luego miró de
nuevo a Raskolnikof y al fin se acercó al pintor con una especie de
arrebato.
-Ya dirás si estabas o no en tu juicio cuando se lo pregunte
-exclamó, irritado-. Nadie te ha preguntado nada sobre ese
particular. Contesta a esto: ¿has cometido un crimen?
-Sí, soy un asesino; lo confieso -repuso Nicolás.
-¿Qué arma empleaste?
-Un hacha que llevaba conmigo.
-¡Con qué rapidez respondes! ¿Solo?
Nicolás no comprendió la pregunta.
-Digo que si tuviste cómplices.
-No, Mitri es inocente. No tuvo ninguna participación en el
crimen.
-No te precipites a hablar de Mitri... Sin embargo, habrás de
explicarme cómo bajaste la escalera. Los porteros os vieron a los
dos juntos.
-Corrí hasta alcanzar a Mitri. Me dije que de este modo no se
sospecharía de mí -respondió Nicolás al punto, como quien recita
una lección bien aprendida.
-La cosa está clara: repite una serie de palabras que ha
estudiado -murmuró para sí el juez de instrucción.
En esto, su vista tropezó con Raskolnikof, de cuya presencia se
había olvidado, tan profunda era la emoción que su escena con
Nicolás le había producido.
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