Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
El aspecto de aquel hombre era impresionante. Miraba fijamente
ante sí y parecía no ver a nadie. Sus ojos tenían un brillo de
resolución. Sin embargo, su semblante estaba lívido como el del
condenado a muerte al que llevan a viva fuerza al patíbulo. Sus
labios, sin color, temblaban ligeramente.
Era muy joven y vestía con la modestia de la gente del pueblo.
Delgado, de talla media, cabello cortado al rape, rostro enjuto y
finas facciones. El hombre al que acababa de rechazar entró
inmediatamente tras él y le cogió por un hombro. Era un
gendarme.
Pero
Nicolás consiguió desprenderse de
él
nuevamente.
Algunos curiosos se hacinaron en la puerta. Los más osados
pugnaban por entrar. Todo esto había ocurrido en menos tiempo
del que se tarda en describirlo.
-¡Fuera de aquí! ¡Espera a que te llamen! ¿Por qué lo han traído?
-exclamó el juez, sorprendido e irritado.
De pronto, Nicolás se arrodilló.
-¿Qué haces? -exclamó Porfirio, asombrado.
-¡Soy culpable! ¡He cometido un crimen! ¡Soy un asesino! -dijo
Nicolás con voz jadeante pero enérgica.
Durante diez segundos reinó en la estancia un silencio absoluto,
como si todos los presentes hubieran perdido el habla. El
gendarme había retrocedido: sin atreverse a acercarse a Nicolás,
se había retirado hacia la puerta y allí permanecía inmóvil.
-¿Qué dices?-preguntó Porfirio cuando logró salir de su asombro.
-Yo... soy... un asesino -repitió Nicolás tras una pausa.
-¿Tú? -exclamó el juez de instrucción, dando muestras de gran
desconcierto-. ¿A quién has matado?
Tras un momento de silencio, Nicolás respondió:
-A Alena Ivanovna y a su hermana Lisbeth Ivanovna. Las maté...
con un hacha. No estaba en mi juicio -añadió.
Y guardó silencio, sin levantarse.
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