Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
Al ver a Raskolnikof volvió a la realidad y se turbó. Se fue hacia
él, presuroso.
-Rodion Romanovitch, amigo mío, perdóneme... Ya ve usted
que... Usted no tiene nada que hacer aquí... Yo soy el primer
sorprendido, como puede usted ver... Váyase, se lo ruego...
Y le cogió del brazo, indicándole la puerta.
-Esto ha sido inesperado para usted, ¿verdad? -dijo Raskolnikof,
que, dándose cuenta de todo, había cobrado ánimos.
-Tampoco usted lo esperaba, amigo mío. Su mano tiembla.¡Je,
je, je!
-También usted está temblando, Porfirio Petrovitch.
-Desde luego, no ha sido una sorpresa para mí.
Estaban ya junto a la puerta. Porfirio esperaba con impaciencia
que se marchara Raskolnikof. El joven preguntó de pronto:
-Entonces, ¿no me muestra usted la sorpresa?
-¡Le están castañeteando los dientes y miren ustedes cómo
habla! ¡Es usted un hombre cáustico! ¡Bueno, hasta la vista!
-Yo creo que sería mejor que nos dijéramos adiós.
-Será lo que Dios quiera, lo que Dios quiera -gruñó Porfirio con
una sonrisa sarcástica.
Al cruzar la oficina, Raskolnikof advirtió que varios empleados le
miraban fijamente. Al llegar a la antesala vio que, entre otras
personas, estaban los dos porteros de la casa del crimen, aquellos
a los que él había pedido días atrás que lo llevaran a la comisaría.
De su actitud se deducía que esperaban algo. Apenas llegó a la
escalera, oyó que le llamaba Porfirio Petrovitch. Se volvió y vio
que el juez de instrucción corría hacia él, jadeante.
-Sólo dos palabras, Rodion Romanovitch. Este asunto terminará
como Dios quiera, pero yo tendré que hacerle todavía, por pura
fórmula, algunas preguntas. Nos volveremos a ver, ¿no?
Porfirio se había detenido ante él, sonriente.
-¿No? -repitió.
Al parecer, deseaba añadir algo, pero no dijo nada más.
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