Congresos y Jornadas Didáctica de las lenguas y las literaturas. | Page 579

Precisamente, a partir del material recolectado (y documentado a través del registro escrito de entrevistas, así como de audios o fotografías), los estudiantes tuvieron que asumir el rol de escritores para volcar los relatos oídos en un texto ficcional que sería presentado ante los demás en la forma de un libro artesanal. Es decir, se trataba de experimentar el proceso de compilación y traslación al cual se ha sometido desde hace siglos la literatura oral. Para esto, se seleccionó al taller como el formato pedagógico más adecuado para potenciar la dimensión artesanal y situado de la práctica de escritura (Andruetto y Lardone, 2011). La labor de la escritura implicó una secuencia de borradores que fueron revisados por la docente y el propio grupo-autor, pero también se realizó una lectura colectiva de los textos que cada uno había “preseleccionado”. La docente compartió la cuota de poder-saber (Foucault, 1995) con cada uno de los estudiantes, ya que fueron ellos los encargados de hacer sugerencias, preguntar sobre lo que no se entendió (“¿No teníamos que hacer un cuento?”, “Está mejor esta versión, te engancha más”). El acto de escuchar es una práctica que supone comprender al otro, respetar su palabra, para luego hacer valer la propia, en un intercambio que enriquezca lo realizado por cada uno. Tal como los jóvenes visibilizaron, la intersubjetividad es fundamental para que la lectura y la escritu ra se colmen de significado (Vottero, 2012). En ese intercambio, y a través de las reflexiones metalingüísticas y metaliterarias efectuadas por los propios estudiantes, se pusieron en circulación y se contextualizaron los aprendizajes en torno a la Lengua y a la Literatura. Entre estos, podemos nombrar los referidos a la puntuación (“Está todo junto..., tendrías que agregar más puntos, o comas”); la coherencia y cohesión (“Me parece que repetís mucho...”, “no se entiende quién es ese ‘él’”); el orden del relato y las rupturas temporales (“No entendí, ¿cómo llegan hasta ahí?”); la voz narradora y el punto de vista (“Che, tendrías que contar todo en primera persona...¿O el que narra no es tu abuelo, cuando era joven?”), el concepto de verosimilitud (“A mí me parecería más creíble si el personaje fuera...”); asimismo, los saberes vehiculizados por la tradición oral de los descendientes inmigrantes en especial, así como de las zonas rurales en general (“¿Eso fue así? A mí me contaron que acá antes había ladrones de gallinas, de chanchos”, “Sí, las carneadas eran toda una fiesta familiar”). La docente fue la encargada de habilitar las posibilidades para apropiarse de los relatos orales, reformulándolos. Esto supuso fortalecer la escritura de narraciones; es decir, esa capacidad vinculada con un modelo mental que no se apoya en la percepción 579