Congresos y Jornadas Didáctica de las Lenguas y las Literaturas - 1 | Page 934

tuas; explicitar el gusto de los lectores y las propias formas de recepción. En este sentido, las aulas son espacios propicios para que los niños puedan leer en comunidad las obras literarias, entren a las historias que se les propone, descubran lo que pueden esperar de ellas, interrelacionen su experiencia de vida con la experiencia cultural que los textos representan, visualicen el mundo poético sobre el que se estructuran los relatos, sientan la confianza de compartir su relación personal con los textos. Esto es posible si hay un mediador que les enseña a trabajar con sus ideas, a encontrar su propia voz y a ejercer su derecho a hacerlo (Hirschman S., 2011). Otro punto de apoyo refiere a concebir a la literatura como un instrumento social utilizado por los individuos para dar sentido a la experiencia, para entender el presente, pasado y futuro, para construir su propia identidad como persona y como miembro de una comunidad (Colomer, 1996). Por lo tanto, basamos la educación literaria en el aprendizaje del docente que requiere de la acción conjunta de sus dos grandes objetivos: el fomento de la lectura y el avance en la interpretación. Ambos componentes se interrelacionan y confluyen (Margallo, 2012). Por otra parte, entendemos que la lectura es una práctica social y cultural construida históricamente y que, como toda práctica social se aprende participando en ella y ejerciéndola (Lerner D., 2001; Chartier AM, 2004; Lahire B. 2006). Desde estas concepciones, proponemos conformar una comunidad de lectores dentro de los encuentros de capacitación con el fin de que los maestros tengan un espacio para leer con los demás los textos literarios que podrían leer a sus alumnos, desde el propio camino lector que han construido, desde las resonancias que provee el 918 Investigación y Práctica en Didáctica de las Lenguas