Congresos y Jornadas Didáctica de las Lenguas y las Literaturas - 1 | Page 761
representación también palabras tabú –o “non sanctas”, como dice el
testigo–. ¿Cómo hablar bien sobre lo que no se puede hablar, o exige usar
malas palabras, mientras se respeta el precepto de no falsear la verdad y de limitarse a manifestarla con las palabras justas? Sin dudas, sólo
podría lograrlo un gran orador. Los desaciertos del testigo se volverán aún más absurdos por la solución que encuentra para el imperativo axiológico de ser educado en sus expresiones: reemplazar las
palabras demasiado “crudas” por otras más decorosas, es decir, eufemismos –preocupación permanente del testigo: primero al establecer de entrada su voluntad de no ser acusado de “maleducado” o
“boca sucia y, luego, en tanto que motivo de numerosos pedidos de
disculpas (“sepan disculparme las damas si soy un tanto crudo en
mis explicaciones”; “disculpen si soy crudo en mis palabras”)–. Los
problemas empiezan desde la primera página, en la que el vacío de
la palabra general “cosa” y del interrogativo “qué” vale más que mil
palabras: “era famoso por una cosa, señor juez, por su virilidad, su
hombría. Y cuando digo su virilidad, su hombría, no me refiero con
esto a que era un guapo […] me refiero a otra cosa. Y ustedes saben
bien a qué me refiero. Me refiero, procuraré ser más explícito, me
refiero... […] me refiero a que Miguel Panizo era famoso por el... digamos... por lo que calzaba”. Los tramos en que el testigo busca el
eufemismo, siempre con los puntos suspensivos vinculados a su dificultad para encontrar la palabra justa, son los más desopilantes
del cuento: “Es que lo de Miguelito era pavoroso. Y estoy hablando
del aparato... ¿cómo podría explicarlo?... del aparato en posición de
descanso. No les hablo, no quiero contarles lo que era eso cuando
entraba en actividad”. Se arma así una galería de formas de hablar
de un pene enorme: “deformidades físicas”, “aparato”, “condiciones
Investigación y Práctica en Didáctica de las Lenguas
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