Congresos y Jornadas Didáctica de las Lenguas y las Literaturas - 1 | Page 757
nas y páginas de digresiones. En el mismo sentido va su voluntad de ser claro. Es que aquí está el gran problema: por la naturaleza del tema, de los referentes y de los sucesos a tratar,
su testimonio puede resultar chocante, desagradable (“y
procuraré ser lo más claro posible, sin ofender a nadie”) –es
decir, justo lo contrario de lo que es capaz de poner en práctica a través de su discurso, que es digresivo, confuso, hiperbólico, lleno de lagunas–. Por otro lado, el testigo también
acata las órdenes elípticas, con su fuerza deóntica, que reponemos como emitidas por el juez.
3. Tratándose de un testimonio, este deber toma la forma de
producir declaraciones que se limiten a validar la existencia
o no existencia de los objetos y hechos pertinentes al asunto
juzgado, lo cual nos conduce a la F alética. ¿Cómo actúa en
esta situación? Dado que lo alético se vincula con tomar
como I la realidad y como D la prioritariamente descriptiva, lo
que se necesita institucionalmente es que el testigo testimonie a través de predicaciones en las que esta fuerza sea exclusiva: es decir, no contaminadas por otras fuerzas que,
apartándose de la “realidad objetiva”, opaquen la veracidad
de los datos. Pero el testigo, mientras valida aléticamente
sus referentes como reales, disemina continuamente validaciones de todas las demás fuerzas, y esto porque él es un
hincha apasionado de su amigo Panizo: “lo seguíamos como
quien sigue a un equipo de fútbol. Nosotros éramos su hinchada”. La palabra “hinchada”, con su modalidad apreciativa
inherente, que designa al que es ferviente aficionado a algo,
sintetiza bien la fuerza afectiva que impide la objetividad en
Investigación y Práctica en Didáctica de las Lenguas
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