150
JOHN FISHER
SOCIEDAD, ETNICIDAD Y CULTURA
151
1855 a cambio de una sustancial compensación para los dueños,
los 19,000 esclavos sobrevivientes y otros 6,000 libertos —los hijos
de los esclavos, nominalmente libres pero comprometidos con los
amos de sus padres— constituían poco más del 1% de la población
peruana, estimada en dos millones de habitantes.20
A fines del siglo XVIII, la esclavitud negra en la América hispana
era sobre todo importante en las ciudades, donde la demanda de
sirvientes era virtualmente insaciable por motivos sociales y económicos, así como en las zonas rurales propicias para la agricultura
intensiva, cuya población nativa había sido eliminada o drásticamente
reducida a comienzos del periodo colonial. Cuando en el siglo XVIII
la demanda internacional del azúcar, café y otros cultivos de plantación creció, ampliando dramáticamente la rentabilidad de un sector agrícola que hasta ese entonces había producido principalmente
para el mercado interno, los hacendados, respaldados por sus respectivas autoridades virreinales y metropolitanas, no tenían en realidad ninguna otra opción para obtener mano de obra que el África.
En algunos casos todavía podían esclavizar a los indios “bárbaros”
más allá de las fronteras del imperio —los yaquis y apaches del norte de México, los araucanos del sur de Chile, las tribus dispersas de
los territorios amazónicos—, argumentando que su negativa irracional a aceptar la penetración pacífica de misioneros y colonos en
sus tierras justificaba este duro tratamiento por razones estratégicas,
así como económicas y espirituales. Sin embargo, en el siglo XVIII
los millones de indios que sobrevivían en las sierras de México, América Central, Nueva Granada y el Perú no se encontraban ya en peligro de perder su libertad personal. Con todo, el hecho era que en
estas regiones los españoles, criollos la mayoría de ellos, eran parásitos económicos que dependían, para conservar su orden social estratificado y desigual, de la explotación del trabajo indígena a través
de una serie de instituciones semicoercitivas.
En el periodo colonial tardío la sociedad rural de Hispanoamérica, en su mayor parte indígena, se vio bajo una presión cada
vez mayor tanto de parte de los representantes de la Corona —sobre todo los funcionarios locales, cuyos superiores esperaban de
ellos que, por ejemplo, incrementaran el rendimiento del tributo—
como de hacendados, mineros y comerciantes ansiosos por conservar y profundizar instituciones y prácticas diseñadas para integrar
(directa o indirectamente) a los indios en la economía de mercado, y
con ello darles acceso a su trabajo.21 Por doquier, el resultado de
este proceso de presión intensificada fue que la resistencia, caracterizada por una violencia local generalizada que se traducía en
motines, asesinatos de funcionarios, borracheras, así como otras
formas de protesta abierta o semiabierta, se hizo cada vez más probable.22 Los caciques indios, elegidos o que heredaban el cargo, se
encontraron entonces en una posición algo ambivalente. De un
lado, muchas veces eran grandes terratenientes que gozaban de estrechos vínculos con funcionarios y comerciantes locales y actuaban
como los agentes a través de los cuales se cobraba el tributo y se reclutaba la mano de obra; de otro, tenían la responsabilidad de proteger y representar a su pueb lo en contra de aquellos miembros de
la sociedad no india que buscaban imponer demandas ilegales a la
sociedad nativa.23
El ejemplo a citar es, una vez más, el de Túpac Amaru, un importante terrateniente y comerciante de Tinta que mantenía una
estrecha relación con el obispo y con prominentes familias criollas
del Cuzco, algunas de las cuales mostraban una tendencia cínica a
estimular el descontento indígena por razones personales y de política
regional. Sin embargo, cuando se rebeló en 1780, los demás curacas
de la región se dividieron en dos grupos (al igual que los caciques
indios de México entre 1810 y 1817): aquellos que respaldaron la
20. Blanchard, Slavery & Abolition, p. 14. Véase también Gootenberg, “Population
and Ethnicity”.
22. Al igual que otras áreas de la historia social, este tema ha sido explicado con mayor
detenimiento para la Nueva España que para el Perú; véase en particular Taylor,
Drinking, Homicide and Rebellion.
21. Los estudios detallados y satisfactorios de la manera en que realmente funcionaba
la sociedad rural en el Perú colonial son relativamente raros: Glave y Remy, Estructura
agraria y vida rural en una región andina, es un buen modelo de cómo enfocar su
reconstrucción.
23. Pease, Curacas, reciprocidad y riqueza, hace un análisis sutil del papel a veces
ambiguo del cacique. Véase asimismo Espinoza Soriano, “El alcalde mayor
indígena”.