Chubasco en Primavera Nº 6 | Page 18

M: Es que lo que pasa es que si pensamos a la libertad, sería la libertad de escribir porque lo otro sería ya obligar a los otros a que te lean. Como se suele decir “El límite de la propia libertad está donde empieza la de los otros”. O esa dinámica propia de cualquier orden social: ¿Hay absoluta libertad? En el sentido de que los condicionamientos económicos, que es algo para mi ineludible al pensar cualquier forma de libertad concreta, porque si no efectivamente en la sociedad de consumo la única libertad es la de consumir. T: El libre movimiento de las mercancías. M: Exactamente. T: Ya que estamos volviendo a ese horizonte. M: Claro, bueno, nunca nos fuimos del todo, pero sí, mucho más. Entonces la literatura libera un espacio con un nivel de condicionamiento económico mucho menor que el del cine o un pianista. Digamos que mi vocación es ser pianista. Un piano bueno vale más que un cuaderno y una birome, aunque hoy fui a comprar “Cartuchos Lamy” y vale ciento cinco pesos la cajita de cinco cartucho, pero bueno me podés decir “No escribas con Lamy, ¿Quién te crees que sos? Comprate una Sylvapen y ya está. Mientras que en el cine vos decís “Estoy haciendo un corto, lo más modesto posible” o “Quiero un piano, no quiero un Steinway”. Bueno, esa libertad empieza a encontrar límites que en el caso de la literatura que es como vos (Joaquín) estás diciendo, absoluta libertad para escribir un libro, claro. Pero para que ese libro, sea un “Libro”, bueno ahí entran otros problemas. “¿Alguien quiere publicar esto?”, si alguien lo publica “¿Alguien lo quiere leer, distribuir, comprar?”. J: Y además, ¿Alguien me quiere dar algo de dinero por todo eso? M: Exacto. Entonces, otra vez Sartre, “El infierno son los otros”. En la medida en que tu deseo depende de alguien que lo quiera editar, comprar, leer. Ya no es el reino de la libertad del que hablábamos al principio. Después hay otros casos: Martha Argerich quería ser médica. Pero muy rápidamente, cuando era muy chica, fue fácil advertir que era una pianista genial, que estaba dotada para tocar el piano a niveles superlativos. Le pusieron profesor de piano y es pianista. ¿Quién eligió? Su genialidad. No pudo ser médica que es lo que ella dice que quería. Cuando se lo escuché decir inmediatamente pensé en Martha Argerich como médica, la vi en un pasillo de un hospital argentino y cierra totalmente. J: Hasta el apellido.