tus amigos”, yo no me quería ir de vacaciones con mis amigos, “Que te
dejen viajar solo como mochilero” ¿A dónde voy a viajar yo? ¿Con qué
mochila?, “Que te dejen salir hasta cualquier hora”, yo no quería salir
hasta cualquier hora, no quería nada. Salvo estas tres cosas, y alguna más
que tuve como soberanas muy rápidamente. ¿Cómo hacían para que no
leyera? Y a partir de los catorce años no hubo ninguna posibilidad de
que impidieran que yo fuera a la cancha.
Mi viejo tenía estrategias. Me acuerdo una vez, una noche que me salvó
a su vez. No sé si ustedes se acuerdan de la vez de la bengala, en un Boca-Racing. Spinetta hizo una canción, “La Bengala Perdida”. Un bengalazo le pegó en una tribuna a uno de Racing y lo mató. Mi viejo no quería
que yo fuera a ese partido porque la cosa estaba pesada entre Boca y
Racing y era de noche, y sabía que si me prohibía ir yo iba a ir. Mi viejo
no era muy futbolero, le gustaba hasta por ahí, hincha de argentinos. Me
acuerdo que jugaban, Argentinos-San Lorenzo en cancha de Ferro. Lo
que me dijo fue “Hoy tengo ganas de ver a Argentinos, acompañame.” Y
yo que siempre fui muy futbolero era una deslealtad no acompañarlo a él
que un día quería ir a ver. Me fui a verlo con él y por la radio me enteré
de todo eso. Entonces él no lo podría haber impedido. Yo biográficamente, en la edad de esa clase de conflictos, yo no los tuve.
En una escala por fuera de eso, ya en una dimensión social, mis inquietudes suelen ir en un sentido contrario, disculpen, no quiero aguarles el
número Risas.
D: No sé si es en contra, es otra mirada.
M: Si, eso, otra mirada. Porque los condicionamientos sociales son tantos, que me resulta problemático un planteo de la libertad en abstracto,
por supuesto hay cierto tipo de libertades cívicas, democráticas, que doy
por descontado. Pero dando un paso más allá de esa clase de libertades
en las que vamos a estar todos de acuerdo, supongo. Más allá de eso, los
condicionamientos sociales son tantos, vieja discusión también con la
relación entre justicia y libertad. En una situación de radical injusticia
hasta qué punto hay libertad, hasta donde elige el que está económicamente asfixiado, hasta donde elige el que no tiene trabajo, el que no tiene
un mango. Eso por una parte. Pero por otra, incluso el que cuenta con
posibilidades, o sea, que no está condenado al único laburo que puede
hacer, o a la única forma de vida a la que puede acceder por condicionamientos económicos, incluso el que puede, digamos, “elegir”, los